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Yenny Astrid Londoño.

Parte 4 de 8

Putas historias, putos escritos

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Capítulo 2: Puta, libidinosa y sin arrepentimientos

Hay palabras que nunca nacieron para describir a nadie.

Nacieron para juzgar.

Para señalar.

Para hacer que una persona sienta vergüenza de haber vivido.

Puta.

Loca.

Libidinosa.

Bruja.

Tóxica.

Qué curioso…

Casi siempre esas palabras terminan cayéndole a las mujeres.

Porque cuando un hombre ha pasado por muchas camas…

es un berraco.

Tiene experiencia.

“Ha vivido.”

Pero cuando una mujer ha vivido exactamente lo mismo…

deja de ser una mujer.

Y se convierte en un insulto.

Nunca he entendido esa lógica.

Ni creo que algún día la entienda.

Porque el deseo no tiene sexo.

Las ganas tampoco.

La necesidad de sentirse querido mucho menos.

Todos hemos buscado amor donde no era.

Todos hemos confundido deseo con cariño.

Todos hemos abrazado personas equivocadas solo porque el alma también siente frío.

La diferencia…

es que a unos los felicitan.

Y a otras las condenan.

Qué manera tan hijueputa de medir la vida.

Como si una persona pudiera resumirse por la cantidad de besos que dio.

Como si un cuerpo tuviera más valor por todo lo que escondió que por todo lo que se atrevió a sentir.

Y ahí fue donde entendí una cosa.

La gente no juzga la vida sexual de una mujer.

Juzga que una mujer sea dueña de su propia vida.

Sí.

Por mi vida han pasado muchos hombres.

Y si eso me convierte en puta, libidinosa o lo que se les ocurra decir…

bien puedan.

Porque no me avergüenzo.

No me explico.

Y, mucho menos, me disculpo.

Algunos pasaron por mi cama sin dejar huella.

Otros se quedaron enredados en mis ganas.

A algunos los amé.

A otros los abracé solo para no dormir sola.

Con unos reí hasta que me dolió el estómago.

Con otros lloré hasta que me dolió el alma.

Y hubo varios que hoy ni siquiera recuerdo por qué llegaron.

Mis ositos.

Con nombres.

Sin historia.

Con promesas huecas.

Y abrazos reciclados.

Porque no todas las personas que pasan por la vida de uno vienen a cambiarla.

La mayoría apenas son una estación.

Un capítulo corto.

Un recuerdo que el tiempo termina desdibujando.

Pero hubo cuatro.

Cuatro hombres que no fueron una anécdota.

Fueron un antes y un después.

No porque fueran los mejores.

Ni porque los hubiera amado más.

Sino porque cada uno dejó una versión distinta de mí sobre la mesa.

Uno me enseñó que enamorarse no alcanza para construir una vida.

Otro me mostró que el amor puede convertirse en una cárcel cuando se confunde con control.

Uno me enseñó que una promesa frente a un altar no garantiza la lealtad.

Y el último…

El último me enseñó la lección más dolorosa de todas.

Que uno puede amar de verdad…

y aun así quedarse solo.

Pero esa…

esa historia todavía no.

Primero tengo que contarles cómo empezó todo.

Porque, como casi todas las tragedias…

la mía también empezó creyendo que había encontrado al hombre correcto.

El primero: el donador de semen

Hay amores que duran toda la vida.

Y hay otros que duran exactamente el tiempo necesario para cambiarla.

El primer amor casi nunca llega con experiencia.

Llega con ilusiones.

Con la absurda certeza de que esa persona va a estar ahí para siempre.

Porque cuando uno se enamora por primera vez, todavía cree que el amor alcanza para resolverlo todo.

Todavía no sabe que el amor también se acaba.

Que la gente también miente.

Que existen los cobardes.

Y que hay personas capaces de prometer un futuro mientras ya están pensando en irse.

Yo tenía diecisiete años.

Y, como casi todas las personas a esa edad, todavía confundía intensidad con amor.

Él era subteniente del Ejército.

Y si algo aprendí después fue que el uniforme hace ver valientes a muchos hombres…

hasta que llega el momento de responder por sus actos.

Nos enamoramos.

O, al menos, eso creí yo.

Lo trasladaron.

Y yo, como buena pendeja enamorada, caminaba ocho cuadras todos los días para llamarlo desde un teléfono público.

Hoy suena romántico.

En esa época era amor.

O eso pensaba.

Él prometía.

Yo creía.

Así de sencillo.

Cuando regresó, sentí que todo había valido la pena.

Hasta que la vida, que tiene un humor bastante hijueputa, decidió recordarme que las despedidas también embarazan.

Lo volvieron a trasladar.

Esa última noche hubo tragos.

Hubo lágrimas.

Hubo despedidas.

Y hubo un par de decisiones tomadas con el corazón… y no con la cabeza.

Meses después, el día de mi grado, la prueba salió positiva.

Mi mamá caminaba orgullosa a mi lado.

Yo sonreía para la foto.

Y por dentro sentía que el mundo se me estaba cayendo encima.

Mi mamá todavía no sabía nada.

O tal vez las mamás sí saben y simplemente esperan el momento en que uno encuentre el valor para decirlo.

Porque las mamás tienen esa extraña costumbre de descubrir las tragedias antes que los hijos.

Yo caminaba por la casa fingiendo normalidad.

Sonriendo.

Haciendo planes.

Graduándome.

Mientras por dentro llevaba una guerra que nadie veía.

Y él…

Él estaba lejos.

O eso creía yo.

Hasta que llegó el viaje de graduación.

El paseo que, según los profesores, iba a ser el mejor recuerdo del colegio.

Y sí.

Lo fue.

Pero no por las razones que ellos imaginaban.

El bus hizo una parada en una base militar.

Justamente donde él estaba prestando servicio.

Yo sentí que el corazón se me salía del pecho.

Pensé:

“Qué belleza… Dios todavía se acuerda de mí.”

Vida hijueputa…

Qué ingenua era.

Pregunté por él.

Y uno de sus compañeros, con la tranquilidad del que no sabe que está destruyendo el mundo de otra persona, respondió:

—No está.

Está de permiso.

Fue a visitar a la novia.

…

A la novia.

Recuerdo que esa palabra hizo más ruido que cualquier disparo.

No lloré.

Ni grité.

Ni armé escándalo.

Hay dolores tan grandes que ni siquiera salen por los ojos.

Simplemente te dejan vacía.

Y ahí estaba yo.

Embarazada.

Creyendo que era la única mujer de su vida.

Mientras él estaba visitando a otra.

Qué ironía.

Uno pasa meses imaginando la peor conversación de su vida…

Y al final la verdad termina saliendo de la boca de un desconocido.

Al otro día volvió.

Yo todavía tenía una pequeña esperanza.

Porque cuando uno está enamorado, la esperanza es la última pendejada que abandona.

Lo vi bajar.

Caminó hacia mí.

Y durante unos segundos pensé que todo tenía una explicación.

Que había un malentendido.

Que alguien se había equivocado.

Hasta que abrió la boca.

—Sí…

Tengo otra.

Y no quiero un bebé.

…

Eso fue todo.

Ni un abrazo.

Ni una disculpa.

Ni un intento de salvar lo que quedaba.

Solo una frase.

Hay personas que necesitan una conversación para destruirte.

Él lo hizo en ocho palabras.

Días después llegó una carta.

De esas que uno abre temblando porque todavía conserva un pedacito de esperanza.

Decía que éramos muy jóvenes.

Que cada uno debía seguir su camino.

Que era lo mejor para los dos.

Mentiras.

Cuando alguien escribe “es lo mejor para los dos”, casi siempre quiere decir:

“Ya decidí por los dos.”

Dentro del sobre también venía dinero.

Para que “solucionara el problema”.

…

Todavía recuerdo que me quedé mirando esos billetes un buen rato.

Pensando.

Llorando.

Respirando.

Y de un momento a otro…

Me dio risa.

Sí.

Risa.

Porque entendí que había hombres capaces de ponerle precio a una vida.

Así que hice exactamente lo contrario de lo que él esperaba.

Agarré la plata…

Y me fui de compras.

Compré una cuna.

Azul.

Porque estaba convencida de que iba a tener un niño.

No sé por qué.

Simplemente lo sabía.

Y mientras armaba esa cuna entendí algo que me demoraría muchos años en volver a comprender.

Hay personas que llegan para abandonarte.

Y, sin querer… Te dejan el regalo más grande de tu vida.

Porque si hoy me preguntaran si borraría esa historia…

La respuesta seguiría siendo no.

No por él.

Ni por lo que hizo.

Sino porque de ese amor cobarde nació el amor más grande que he conocido.

Y eso…

Eso hace que hasta las peores historias tengan un pedacito de sentido.

Una cuna azul

Siempre me ha dado risa una cosa.

La gente cree que la maternidad empieza cuando nace un hijo.

Mentiras.

La maternidad empieza el día que una mujer deja de pensar solamente en ella.

Yo todavía era una niña.

Y, sin embargo, ya estaba haciendo cuentas.

¿Dónde iba a dormir?

¿Cómo iba a trabajar?

¿Con qué lo iba a mantener?

¿Qué iba a decir mi mamá?

De un momento a otro dejé de pensar en el muchacho que me había dejado.

Ahora todo giraba alrededor de una personita que todavía ni siquiera conocía.

Qué cosa tan rara el amor.

Hay personas que necesitan años para aprender a querer.

Y hay hijos que uno ama antes de saber el color de sus ojos.

Mientras armaba aquella cuna azul me di cuenta de algo.

Yo ya no tenía tiempo para morirme de tristeza.

Ahora tenía que aprender a vivir.

Porque alguien dependía de mí.

Y eso cambia absolutamente todo.

Nunca volví a ser solamente Yenny.

Desde ese día también fui mamá.

Y creo que nadie vuelve a ser el mismo después de escuchar, por primera vez, la palabra “mamá” saliendo de una boca chiquita.

Todavía no había nacido.

Y ya me estaba salvando la vida.

Si hoy pudiera volver a encontrarme con esa muchacha de diecisiete años, no le diría:

—No te enamorés de él.

No.

Porque entonces tampoco conocería al hijo que tanto ama.

Lo único que le diría sería:

—Tranquila.

Llorá todo lo que tengás que llorar.

Sentí toda la rabia que tengás que sentir.

Pero no te preocupés.

Todavía no lo sabés…

pero un día vas a mirar hacia atrás y vas a descubrir que el peor día de tu vida también fue el comienzo del mejor amor que vas a conocer.