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Yenny Astrid Londoño.

Parte 5 de 8

Putas historias, putos escritos

Y eso…

eso hace que hasta el dolor tenga sentido.

El infierno con nombre y título

Durante mucho tiempo pensé que esa historia había terminado ahí.

Con una carta.

Una cuna azul.

Y un corazón vuelto mierda.

Qué equivocada estaba.

La vida apenas estaba calentando motores.

Porque cuando una cree que ya aprendió la lección…

aparece alguien dispuesto a ponerla a prueba otra vez.

Y ahí fue cuando llegó él.

Yo todavía estaba embarazada.

Tenía diecisiete años.

Un embarazo que apenas estaba aprendiendo a aceptar.

Más preguntas que respuestas.

Y un miedo que intentaba esconder detrás de una sonrisa.

Él no llegó hablándome de amor.

Llegó hablándome de tranquilidad.

Primero fue mi amigo.

Y, si soy sincera, creo que eso fue lo que terminó abriéndole la puerta a mi vida.

Porque la amistad desarma.

Uno baja la guardia.

Confía.

Empieza a sentir que, después de tanto golpe, por fin apareció alguien bueno.

Me escuchaba.

Me acompañaba.

Se preocupaba por mí.

Me prestó la EPS para los controles del embarazo.

Y cuando uno viene de una decepción tan grande…

gestos tan simples como esos se sienten gigantes.

Yo no estaba buscando otro hombre.

Ni siquiera estaba pensando en enamorarme otra vez.

Lo único que necesitaba era sentir que no estaba sola.

Y él apareció exactamente en ese momento.

Qué peligro tienen las personas que llegan cuando uno está roto.

Porque uno no las mira con los ojos.

Las mira desde la necesidad.

Y la necesidad tiene la mala costumbre de disfrazar las alarmas de esperanza.

Durante varios meses fue exactamente eso.

Mi amigo.

La persona con la que hablaba cuando sentía que el mundo se me estaba cayendo encima.

El que me hacía reír cuando ya había llorado demasiado.

El que aparecía cuando necesitaba ayuda.

Y, poco a poco, sin darme cuenta…

empecé a acostumbrarme a su presencia.

Porque el cariño casi nunca llega haciendo ruido.

Llega despacito.

Un día descubrís que esa persona ya hace parte de tu rutina.

Que esperás sus llamadas.

Que te hace falta cuando no aparece.

Y que, sin saber cómo, terminó ocupando un espacio que jurabas que nadie volvería a ocupar.

Con el tiempo dejamos de ser solo amigos.

Y yo volví a creer.

Porque uno es muy valiente para decir que nunca volverá a enamorarse…

hasta que aparece alguien que le devuelve la esperanza.

Y yo tenía diecisiete años.

¿Qué iba a saber del amor?

Todavía creía que las personas buenas llegaban para quedarse.

No imaginaba que algunas llegan solo para enseñarte una lección.

Al principio todo parecía bonito.

Él era atento.

Responsable.

Trabajador.

Me hacía sentir protegida.

Y, después de haber sido abandonada estando embarazada, esa sensación valía más que cualquier palabra de amor.

Yo no buscaba un príncipe.

Ni un héroe.

Solo alguien que no saliera corriendo.

Y él, al principio…

no salió corriendo.

Al contrario.

Se quedó.

Y fue precisamente eso lo que hizo que confiara.

Porque la confianza no nace de un “te amo”.

La confianza nace de la constancia.

De los pequeños detalles.

De sentir que alguien está ahí cuando más lo necesitás.

Nunca imaginé que el mismo hombre que me estaba ayudando a levantarme…

algún día iba a convertirse en la persona de la que tendría que escapar.

Y lo más duro…

es que ese cambio no pasó de un día para otro.

Las personas casi nunca muestran quiénes son desde el principio.

Primero te enamoran de la versión que quieren que conozcas.

La otra…

la verdadera…

aparece cuando ya sienten que no te vas a ir.

Y yo todavía no tenía idea de lo que venía.

Todavía no sabía que el amor también puede convertirse en una jaula.

Ni que hay cárceles donde las rejas no son de hierro…

sino de culpa.

De miedo.

Y de manipulación.

Cuando el amor empezó a parecerse a una jaula

Con el tiempo empezamos a hacer una vida juntos.

Y, por primera vez desde que todo se había derrumbado, sentí que podía volver a respirar.

Yo seguía siendo una niña.

Pero ya me sentía vieja.

Hay dolores que envejecen más que los años.

Él conoció a mi hijo cuando todavía estaba en la barriga.

Y, cuando nació, también estuvo ahí.

Por eso nunca vi venir lo que pasó después.

Porque uno nunca espera que el golpe venga de la mano que lo estaba sosteniendo.

Al principio eran detalles tan pequeños que uno ni siquiera les presta atención.

—¿Con quién hablaste?

—¿Para dónde vas?

—¿A qué horas volvés?

Y uno responde.

Porque cree que eso también hace parte del amor.

Después ya no eran preguntas.

Eran decisiones.

Y sin darme cuenta…

mi vida empezó a dejar de ser mía.

Pero hubo algo que todavía hoy me sigue pareciendo de una crueldad difícil de explicar.

Yo tomaba pastillas para no volver a quedar embarazada.

O, al menos…

eso creía.

Él era quien me las entregaba todos los días.

Con una sonrisa.

Como quien cuida a la mujer que ama.

—Gordita…

tómese la pastilla.

Y yo me la tomaba.

Confiando.

Porque cuando uno ama…

también entrega la confianza.

Y jamás imaginé que alguien pudiera usar esa confianza para encerrarme más.

Muchos años después entendí lo que había hecho.

Las cajas traían veintiocho tabletas.

Veintiuna eran anticonceptivos.

Las otras siete…

eran solo vitaminas.

Y él sabía perfectamente cuáles eran cuáles.

A mí me daba únicamente las vitaminas.

Todos los días.

Mientras yo pensaba que me estaba cuidando…

él ya había decidido por los dos.

Todavía hoy, cuando recuerdo esa escena…

me cuesta creerla.

Porque hay violencias que no dejan moretones.

Dejan preguntas.

¿Cómo alguien puede decir que te ama…

mientras decide sobre tu cuerpo sin preguntarte?

¿Cómo alguien puede hablar de futuro…

mientras te quita la posibilidad de elegir el tuyo?

Eso no era amor.

Ni protección.

Ni siquiera era miedo a perderme.

Era control.

Y el control nunca ha sido una forma de amar.

Nunca.

Cuando la prueba volvió a salir positiva…

sentí que el piso desaparecía otra vez.

No entendía.

Yo hacía todo bien.

Tomaba mis pastillas.

Era imposible.

Hasta que la verdad apareció.

Y, con ella…

también apareció otra versión de él.

Una que yo no conocía.

Una mucho más oscura.

Porque ya no bastaba con controlar mis decisiones.

Ahora también quería controlar mi vida.

Y ahí comenzaron los gritos.

Los golpes.

El miedo.

Y el silencio.

Al principio uno siempre encuentra explicaciones.

“Está estresado.”

“Ha tenido un mal día.”

“Está preocupado.”

Uno justifica lo injustificable porque aceptar la verdad duele más.

Después empezás a cambiar sin darte cuenta.

Dejás de ponerte cierta ropa porque a él no le gusta.

Dejás de hablar con ciertas personas porque “le incomodan”.

Dejás de salir.

Dejás de opinar.

Dejás de reírte tan duro.

Y un día descubrís que llevás meses dejando de ser vos… para que el otro no se enoje.

Si hubiera empezado pegándome desde el primer día, probablemente habría salido corriendo.

Pero nadie empieza una prisión mostrando las rejas.

Primero la decoran.

Le ponen flores.

Le dicen hogar.

Y cuando querés darte cuenta…

la puerta ya está cerrada por dentro.

Lo peor no era el miedo.

Lo peor era que yo todavía seguía creyendo que podía cambiarlo.

Porque cuando una ama, desarrolla una capacidad impresionante para negociar con la realidad.

Uno se convence de que mañana será diferente.

De que esta vez sí entendió.

De que ya no va a volver a pasar.

Qué peligrosa es la esperanza cuando está puesta en la persona equivocada.

Y mientras yo seguía esperando que él cambiara…

la que iba desapareciendo era yo.

Cada día hablaba un poco menos.

Me reía un poco menos.

Soñaba un poco menos.

Hasta que un día me miré al espejo…

y no reconocí a la muchacha que tenía al frente.

Había dejado de vivir.

Estaba sobreviviendo.

Y sobrevivir no es vivir.

Es respirar mientras esperás que llegue un día mejor.

Una noche entendí que ya no tenía miedo de quedarme sola.

Tenía miedo de quedarme.

Y esa diferencia… me salvó la vida.

Porque hay un momento en que el cuerpo empieza a entender lo que el corazón todavía se niega a aceptar.

Ese día dejé de preguntarme cómo podía salvar esa relación.

Y empecé a preguntarme cómo podía salvarme yo.

La mujer que siempre volvía por mí

Hay personas que tienen un héroe.

Yo tuve una mamá.

Mi pobre mamá vivía con el corazón hecho un nudo.

Cada vez que sonaba el teléfono, una parte de ella ya sabía que algo estaba pasando.

Y casi siempre tenía razón.

Yo la llamaba llorando.

Ella nunca preguntaba mucho.

Solo decía:

—¿Dónde está?

Y allá aparecía.

No importaba la hora.

No importaba si estaba cansada.

No importaba si tenía plata para el pasaje.

Ella llegaba.

Una y otra vez.

Como si toda su vida hubiera consistido en apagar los incendios donde yo terminaba metida.

Y yo…

Como buena hija terca.

Volvía.

Porque él siempre encontraba la manera de convencerme.

A veces con lágrimas.

A veces con promesas.

A veces jurando que ahora sí iba a cambiar.

Y yo quería creerle.

No porque fuera ingenua.

Sino porque nadie quiere aceptar que la persona que ama también puede convertirse en la persona que más daño le hace.

Así pasaron meses.

Tal vez años.

Ya ni sé.

El tiempo, cuando uno vive con miedo, deja de medirse en calendarios.

Empieza a medirse en crisis.

En gritos.

En silencios.

En noches largas.

En la esperanza de que mañana sea diferente.

Hasta que un día…

Mi mamá dejó de convencerme.

Ese día me miró.

Muy seria.

Y me dijo:

—Ya estuvo bueno.

Nos vamos.

No era una pregunta.

Era una decisión.

Y, por primera vez en mucho tiempo…

Yo no discutí.