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Yenny Astrid Londoño.

Parte 3 de 8

Putas historias, putos escritos

No soy una mujer joven según el sistema, pero tampoco una vieja domesticada.

“Soy demasiado joven para resignarme,

y demasiado vieja para dejarme pisotear.”

Soy una mujer que ha vivido lo suficiente para no necesitar aprobación, y lo bastante loca como para escribir lo que otros solo se atreven a pensar.

Me llamo Yenny Astrid Londoño.

Soy madre.

Abuela.

Empresaria.

Bruja moderna.

Sarcástica por naturaleza.

Creadora de ideas que pocos entienden, pero que igual me sostienen viva.

Y, sobre todo…

una hijueputa que nunca aprendió a quedarse callada.

Sí, muchas de esas ideas no se pagan.

No siempre funcionan.

No dan “éxito” según el sistema.

Pero igual las parí con amor, locura y fe.

Si esto fuera por reconocimiento, ya habría cerrado el chuzo hace rato.

Pero no.

Sigo.

Porque esto no es por plata.

Es por necesidad de existir.

Y es que, en este mundo absurdo, a muchos les pagan por hablar mierda, y a otros nos condenan por decir la verdad.

No vine a cumplir un papel.

Vine a romper el molde.

No soy escritora por diploma.

Soy escritora porque el alma me lo exige.

Porque cuando ya no puedo callar, las palabras me salen como verdad rabiosa.

“Este libro no lo escribí para gustar.

Lo escribí porque ya no podía guardarlo más.”

Nació del cansancio.

De la rabia.

De las veces que me tragué lo que sentía para no incomodar.

De los días en que ser honesta fue un acto de guerra conmigo misma.

Y si alguien tenía que contar estas historias —estas putas historias— tenía que ser yo.

Porque he sobrevivido a más de lo que cuento.

Porque sé lo que es tragarse la verdad con un nudo en la garganta y aun así levantarse con la frente limpia.

Porque todavía tengo preguntas.

Porque todavía me equivoco.

Porque todavía me arde la vida en algunas partes.

Yo no escribo para cerrar heridas.

Escribo para que otras —como yo— entiendan que estar locamente cuerda es un acto de resistencia.

“Ser mujer, cuerda y libre: tres cosas que el mundo nunca

supo tolerar juntas.”

Y escribir…

es mi manera de seguir viva sin matar a nadie.

De cagarme en lo políticamente correcto

sin que me metan presa.

Este capítulo no es una confesión.

Es una advertencia.

Yo siempre hablé.

El problema nunca fue mi voz.

Era el eco.

Y si vos, que estás leyendo esto, alguna vez sentiste que hablaste, explicaste, lloraste, gritaste, rogaste o escribiste para que alguien por fin entendiera…

dejame decirte algo:

quizás el problema nunca fue tu voz.

Quizás estabas intentando ser escuchada por personas que solo querían que bajaras el volumen.

Porque una vez una aprende a escucharse a sí misma…

ya nunca vuelve a pedir permiso para ser quien es.