Cookies, las justas. Uso Google Analytics para contar qué se lee y qué se ignora: números, no chismes. Vos decidís. Cómo uso los datos

Yenny Astrid Londoño.

Parte 2 de 8

Putas historias, putos escritos

2 de 3

Capítulo 1: Para los que nunca fueron escuchados

¿Sabés qué cansa más que trabajar?

Intentar que alguien entienda lo que le querés decir.

Porque trabajar agota el cuerpo.

Pero explicar una y otra vez lo mismo…

eso desgasta el alma.

Hay un momento en la vida en el que uno deja de dar explicaciones.

No porque uno se canse de hablar.

No.

Uno se cansa de repetir.

Y repetir desgasta más que explicar. Porque cuando uno explica todavía tiene esperanza. Cree que el otro no entendió, que de pronto uno no se expresó bien, que no era el momento o que simplemente las palabras no fueron las adecuadas.

Pero repetir…

Repetir ya es otra cosa.

Repetir es descubrir que el otro sí entendió.

Lo que pasa es que le importa un culo entender.

Y eso emputa.

Porque ya no es falta de comunicación.

Es falta de voluntad.

Porque una cosa es que no te escuchen.

Otra muy diferente es descubrir que nunca quisieron hacerlo.

A mí me pasó.

Y, si soy sincera, estoy casi segura de que a vos también.

Porque todos, alguna vez, hemos hablado contra una pared.

Uno explica.

Argumenta.

Respira.

Vuelve y explica.

Busca otras palabras.

Baja el tono.

Se traga la rabia.

Hasta pone cara de persona espiritualmente evolucionada, de esas que suben frases de Buda a las redes, toman agua con limón, meditan diez minutos y juran que ya sanaron.

Y el otro ni se da por enterado.

Entonces uno empieza a pensar que el problema es uno.

Que hablé muy duro.

Que fui muy hiriente.

Que de pronto no era el momento.

Que hubiera debido respirar.

Contar hasta diez.

Tomarme una Coca-Cola.

Qué sé yo…

Hablar con más amor y todas esas excusas que una se inventa para no aceptar que el otro simplemente no quiere entender.

Mentiras.

El problema no es la forma en que hablás o te expresás.

El problema es que hay personas que solo hacen preguntas cuando ya tienen preparada la respuesta que quieren escuchar.

Y si uno no les responde exactamente eso…

se hacen los locos.

Y en el peor de los casos, se emputan.

Así de sencillo.

La gente vive diciendo:

—Decime la verdad.

Y yo lo pienso dos veces.

Porque esa frase siempre viene con trampa.

Es como cuando alguien te dice:

—No te vas a poner bravo, ¿cierto?

Ahí uno ya sabe que lo que viene es una bomba.

—Decime la verdad.

—¿Seguro?

—Sí.

—Bueno…

Uno respira.

Hace una oración por el alma del otro.

Y habla.

Cinco minutos después ya es la mala.

La hiriente.

La exagerada.

La que no tiene tacto.

La que siempre pelea.

La intensa.

La sarcástica.

No, mi amor.

Vos no querías la verdad.

Vos querías que yo te acariciara el ego.

Querías que te confirmara el cuento que ya te habías inventado para poder dormir en paz.

Porque la verdad tiene un problema muy hijueputa.

No siempre nos deja como los buenos de la película.

A veces nos pone un espejo al frente.

Y hay gente que prefiere romper el espejo antes que aceptar lo que ve.

Especialmente a mí, que nunca he sido buena para tragar entero.

Nunca.

Y eso, créeme, en esta sociedad casi parece un trastorno de personalidad.

A mí no me enseñaron a quedarme callada.

Mi mamá no fue de esas que viven diciendo: “Cállese, que los mayores están hablando”.

Al contrario.

Mi mamá cometió un error gravísimo conmigo.

Me enseñó a leer.

Y uno cree que aprender a leer consiste en juntar letras.

No.

Ni por el putas.

Aprender a leer fue el principio de todos mis problemas.

Porque leer, para mí, no fue juntar palabras.

Fue empezar a desconfiar.

Fue mirar una noticia y preguntarme:

—¿Quién escribió esto?

Fue escuchar un discurso y pensar:

—¿Y este qué será lo que quiere?

Seamos honestos: casi todo el mundo quiere algo.

Fue oír un “te amo” y preguntarme:

—¿Será amor… miedo a quedarse solo… o simplemente ganas de coger?

Uno empieza leyendo libros.

Y cuando menos piensa…

empieza a leer personas.

Porque los libros se pueden cerrar.

Las personas no.

Y ahí sí se nos jodió la vida.

Porque ya no solamente escuchás lo que dicen.

También empezás a notar lo que callan.

Lo que esconden.

Lo que fingen.

Lo que disimulan.

Porque las personas hablan con la boca.

Pero también hablan con los silencios.

Con las miradas.

Con las promesas.

Y, sobre todo…

con lo que nunca cumplen.

Creo que por eso nunca fui fácil de engañar.

No porque fuera más inteligente que los demás.

No.

Tampoco nos pongamos tan místicos.

Era que prestaba atención.

Y prestar atención es peligrosísimo.

Uno empieza a notar quién se alegra de verdad.

Quién aplaude por compromiso.

Quién sonríe por educación.

Y quién está esperando que uno se caiga para decir: —¿Sí ve? Yo sabía que eso no le iba a funcionar.

Mi mamá, la muy mala, también me enseñó a cuestionar.

Y ese sí fue el remate.

Una persona que aprende a cuestionar ya no vuelve a tragarse los cuentos tan fácil.

Yo nunca comía entero.

Desde chiquita tenía esa mala costumbre de preguntar:

—¿Y por qué?

Y esa preguntica tan inocente terminaba incomodando más que un madrazo.

Después mi mamá me enseñó a pensar.

Y así fue como terminó de dañarme.

Una persona que piensa empieza a hacer algo muy peligroso.

Empieza a decidir por sí misma.

Y una persona que decide por sí misma…

es un problema para una sociedad que te quiere libre, pero no tanto; cuerda, pero callada.

Mientras sonrías y asientas con la cabeza, todo el mundo vive feliz y tranquilo.

Pero el día que alguien tiene las agallas de opinar…

se dañó el paseo.

Y pensándolo bien…

el problema no es pensar, preguntar u opinar.

El verdadero problema es hacerlo cuando nadie te está dando permiso para hacerlo.

Preguntar todavía se puede esquivar.

Uno responde cualquier bobada y sale del paso.

Pero una opinión…

Una opinión se para de frente y dice:

—Yo también estoy pensando.

Y eso incomoda muchísimo más.

Obliga al otro a pensar también.

Y pensar, seamos honestos, da una pereza muy hijueputa.

Es mucho más cómodo repetir lo que todo el mundo dice.

Mucho más fácil obedecer.

Mucho más rentable quedarse callado y después llamarle “madurez” a la cobardía.

Yo también intenté hacerlo.

Claro.

Más de una vez me dije:

—Yenny, dejá de opinar tanto.

—No te metás.

—Quedate callada.

—No todo hay que decirlo.

Muchas veces lo he intentado.

Lo juro.

Pero con mi personalidad el impulso me duró un suspiro.

Y es que hacerse la pendeja requiere un talento que yo nunca tendré.

Mientras otras niñas jugaban con muñecas, yo prefería escuchar conversaciones de adultos.

No porque fuera metida.

Es que las personas siempre me parecieron más interesantes que los juguetes.

Las muñecas no escondían nada.

Los adultos sí.

Decían “sí”, pero la cara decía “no”.

Decían “no pasa nada”, mientras el silencio gritaba todo lo contrario.

Y ahí empezó una costumbre que todavía no se me quita.

Aprendí a escuchar más allá de las palabras.

A mirar los gestos.

Las pausas.

Los tonos.

Los silencios que se sientan en la sala como si también tuvieran cédula.

Porque muchas veces una persona cuenta más con un suspiro que con un discurso de media hora.

No me gustaba jugar a ser mamá.

Ni a servir tintos imaginarios.

Ni a fingir conversaciones con muñecas.

Eso me aburría.

A mí me gustaba observar.

Escuchar.

Pensar.

Entender.

Y cuando alguien hacía una pregunta difícil…

ahí sí me emocionaba.

Con los años entendí que esa niña rara nunca desapareció.

Simplemente creció.

Sigo siendo la misma.

La que analiza demasiado.

La que pregunta cosas incómodas.

La que no sabe hacerse la de la vista gorda.

La que prefiere una conversación incómoda a una mentira cómoda.

Muchos dicen que eso es un defecto.

Yo creo que es la única manera que encontré de vivir sin traicionarme.

Porque hay personas que nacen para encajar.

Y hay otras que nacemos para preguntar por qué carajos existe el molde.

Yo, evidentemente, vine en el segundo grupo.

Curiosamente, casi nunca me dijeron mentirosa.

Eso sí no.

Porque hasta quienes se emputaban conmigo sabían que muchas veces yo tenía razón.

Y ese era precisamente el problema.

Porque hay verdades que no molestan por ser mentira.

Molestan porque son exactas.

Con el tiempo entendí que pensar tiene un precio.

Y sí…

A veces ese precio es caerle mal a la gente.

Quedarse sola.

Perder relaciones.

Descubrir que ya no encajás donde antes encajabas.

Pero también entendí otra cosa.

Encajar tiene un precio mucho más alto.

Porque para encajar muchas veces hay que dejar de ser uno mismo.

Y ese sí es un negocio que nunca estuve dispuesta a hacer.

Prefiero que me digan intensa.

Tóxica.

Complicada.

Sarcástica.

Loca.

O puta.

Antes que mirarme un día al espejo y no reconocer a la mujer que tengo al frente.

Así que sí…

si pensar me hace caerle mal a mucha gente…

que se jodan.

La paz no llega cuando todo el mundo te entiende.

La paz llega el día que dejás de disculparte por ser vos.

Y de intentar ser quien no sos para estar bien con todo el mundo.

Este libro no nace de haber callado

Nace de haber hablado y no haber sido escuchada.

De haber advertido.

Gritado.

Explicado.

Razonado.

Y aun así ver cómo las cosas se fueron a la mierda.

Escribir no me cura del todo.

No voy a vender esa mentira barata.

Pero me impide morir en silencio.

Y eso ya es bastante.

Aquí no tengo que medir palabras.

Aquí no hay miradas que tiemblen ni voces que interrumpan.

Aquí puedo decirlo todo y dejar que el que quiera lo lea.

Y el que no…

que cierre el libro.

¿Quién carajos soy yo para escribir esto?

Nací un 25 de julio de 1976, en Medellín, Colombia.

Saque cuentas si quiere.