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Yenny Astrid Londoño.

Publicado

Los millonarios que necesitan tu dinero

Cómo los falsos gurús convierten la desesperación en un negocio multimillonario

Español287 páginaseBookTapa blanda

Sinopsis

En este libro, Yenny Astrid Londoño desarma sin anestesia el libreto de los falsos gurús que convierten la desesperación ajena en un negocio multimillonario. Con humor ácido, sarcasmo, experiencias reales y una mirada paisa que no come cuento, esta obra muestra cómo operan, qué estrategias usan para seducir, manipular y vender humo, y por qué tanta gente termina pagando por promesas que nunca se cumplen. Aquí no encontrará discursos motivacionales ni fórmulas mágicas para hacerse rico. Encontrará algo mucho más útil: criterio, malicia y una buena sacudida para dejar de tragar entero.

¿Por qué escribí este libro?

La vida me enseñó a desconfiar de las promesas demasiado bonitas. Me lo enseñó a las malas, como se aprenden las cosas que de verdad quedan. Esta es mi verdad. Desde mi trinchera. Desde mi cocina. Sin yates prestados ni luces de catálogo. Tomala o dejala. Pero si la tomás, hacé algo con ella.

Qué vas a encontrar

  • Prólogo · Ahorrémonos las presentaciones: ya saben a qué vengo
  • Introducción · El día que casi le compro el curso a un fantasma
  • Capítulo 1 · No te venden un curso: te alquilan un futuro
  • Capítulo 2 · El libreto del milagro ya viene fotocopiado
  • Capítulo 3 · Anatomía de un webinar: noventa minutos para apagar el sentido común
  • Capítulo 4 · La factura que empieza después del precio
  • Capítulo 5 · Lujo por horas, riqueza por encuadre
  • Capítulo 6 · Quince casos felices y novecientos silencios
  • Capítulo 7 · Si no funcionó, adiviná de quién es la culpa
  • Capítulo 8 · Familia hasta que dejás de pagar
  • Capítulo 9 · El negocio financiero era venderte el negocio
  • Capítulo 10 · Empresarios de una sola empresa: su curso
  • Capítulo 11 · Cuando el dolor viene con plan mensual
  • Capítulo 12 · Tu ex no volvió, pero la factura sí
  • Capítulo 13 · Famosos por enseñarte a ser famoso
  • Capítulo 14 · El hueco que no se tapa con facturación
  • Capítulo 15 · Tu cerebro también compra sin leer
  • Capítulo 16 · Renunciar no siempre es libertad; a veces es marketing
  • Capítulo 17 · Conocimiento o fantasía: la diferencia está en la promesa
  • Capítulo 18 · Antes de pagar, investigá como si la plata fuera tuya
  • Capítulo 19 · Hacer plata sin vender el alma por cuotas
  • Capítulo 20 · No te volviste amargado: te graduaste de difícil de tumbar
  • Conclusión · La verdad no viene con bono de inscripción
  • Epílogo · Desde mi trinchera
  • Lista práctica · Diecisiete alarmas antes de sacar la tarjeta

¿Para quién es?

Si alguna vez sintió que le estaban vendiendo un milagro en cuotas, este libro es para usted. Y si nunca ha caído, léalo también. Porque a veces basta una mala racha y un buen vendedor de humo para poner a cualquiera a sacar la tarjeta.

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Los millonarios que necesitan tu dinero

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Prólogo. Ahorrémonos las presentaciones: ya saben a qué vengo

Imaginate esto.

Una mujer de mediana edad, paisa, sentada frente a un computador a las dos de la mañana.

Sobre la mesa hay una Coca-Cola bien fría —porque tibia no sirve ni para lavar un trapeador—, un celular que no deja de vibrar con mensajes de clientes y tres cuadernos llenos de ideas que algún día voy a terminar.

O no.

Uno tampoco puede andar prometiendo milagros desde el prólogo de un libro que viene precisamente a hablar de los hijueputas que prometen milagros.

Esa mujer soy yo.

Yenny Astrid Londoño.

Si no me conocés, no pasa nada.

Y si me conocés, ya sabés que me importa un culo lo que pensés de mí.

No tengo una maestría.

No tengo un doctorado en economía, psicología del consumidor, marketing digital ni ninguna de esas carreras que algunos ponen en la biografía de Instagram para cobrarte más caro el mismo cuento de siempre.

No doy conferencias en hoteles de lujo.

No vendo mentorías de cinco mil dólares.

No me tomo fotos bajándome de un carro alquilado para escribir debajo:

“Mientras vos dormís, yo construyo mi imperio.”

No, querido.

Mientras vos dormís, yo probablemente estoy contestando mensajes de clientes que preguntan a las dos de la mañana si una ancheta de ciento cincuenta mil pesos incluye domicilio, serenata, desayuno, decoración, fotógrafo, mariachi y, de ser posible, la resurrección de la relación.

Eso sí es el mundo real.

Lo que tengo son muchos años vendiendo, creando, quebrando, volviendo a empezar, contratando gente, peleando con proveedores, persiguiendo domiciliarios, resolviendo cagadas ajenas y mirando la cuenta del banco como quien mira los resultados de unos exámenes médicos:

con miedo, pero con la esperanza de que no salga nada grave.

He tenido empresas.

Unas funcionaron.

Otras se fueron para la mierda.

Pero se fueron con estilo, porque yo tampoco fracaso de cualquier manera.

Mis fracasos han sido unas cagadas tan monumentales que deberían tener placa conmemorativa y visita guiada los domingos.

Leo el tarot.

Hago anchetas.

Diseño páginas web.

Creo negocios.

Me invento otros.

Escribo libros que durante años dejé guardados porque una siempre cree que todavía les falta algo, hasta que entiende que, si sigue esperando a que queden perfectos, se muere y los cuadernos terminan sirviendo para anotar teléfonos.

Y, sobre todo, tengo calle.

No calle de andar posando con tenis blancos frente a un grafiti para parecer humilde.

Calle de verdad.

De la que se aprende cobrando facturas, perdiendo plata, confiando en quien no debía, trabajando sin dormir y descubriendo que cada peso cuesta más ganárselo de lo que cualquier gurú se atrevería a admitir en uno de sus videos.

La vida me enseñó a desconfiar de las promesas demasiado bonitas.

Me lo enseñó a las malas, como se aprenden las cosas que de verdad quedan.

Porque cuando algo suena demasiado bueno para ser cierto, casi siempre hay un vivo del otro lado calculando cuánto puede sacarte antes de que te des cuenta.

Este libro nació una noche cualquiera.

Yo estaba viendo un anuncio en redes sociales.

Apareció un tipo de corbata impecable, sonrisa de catálogo de odontología y un carro que probablemente había alquilado por una hora para grabar treinta videos.

El hombre aseguraba que cualquiera podía ganar diez mil dólares al mes trabajando apenas dos horas diarias desde la playa.

Dos horas.

Desde la playa.

Diez mil dólares.

A esa gente le encanta la playa.

Nunca ofrecen trabajar desde la sala de la casa con el vecino poniendo vallenatos, el perro ladrando y el recibo de la luz vencido encima de la nevera.

No.

Siempre es desde una playa blanca, con un computador que nunca se llena de arena y una bebida con una sombrillita que nadie sabe quién preparó.

Yo, que sé lo que cuesta ganarse cada hijueputa peso, me reí.

Me reí porque he pasado madrugadas enteras armando anchetas.

Porque he tenido trabajadoras capaces de convertir una tarea de veinte minutos en una producción de Netflix de seis temporadas.

Porque he visto domiciliarios perderse con la dirección, la ubicación en tiempo real, una foto de la fachada y prácticamente una procesión guiándolos.

Porque sé que un negocio puede irse a la mierda simplemente porque un proveedor decidió que una fecha de entrega era una recomendación espiritual y no un compromiso.

Entonces sí.

Me reí.

Pero después me quedé pensando.

Porque yo me reí.

Miles de personas no.

Miles vieron ese mismo anuncio y sintieron que, por fin, alguien había llegado a rescatarlas.

La solución a las deudas.

La salida de un trabajo que odian.

La respuesta a años de cansancio.

El secreto que los ricos supuestamente se estaban guardando.

El atajo que nadie les había querido contar.

Y pagaron.

Claro que pagaron.

Porque cuando una persona está desesperada no compra un curso.

Compra esperanza.

Compra descanso.

Compra la posibilidad de levantarse al día siguiente creyendo que su vida está a punto de cambiar.

Y esa gente sabe cuánto vale esa ilusión.

La han medido.

La han estudiado.

La han empacado en videos, bonos, contadores y frases motivacionales.

Y te la venden en cómodas cuotas.

No escribí este libro para burlarme de quienes compraron.

Bastante vergüenza cargan ya algunos como para que venga yo a terminar de darles garrote.

Lo escribí para quien está a punto de comprar.

Para quien ya compró y no se atreve a contarlo porque siente que fue el único pendejo que cayó.

Para quien tiene el enlace guardado en favoritos, mira los testimonios todas las noches y todavía se pregunta:

—¿Y si esta vez sí funciona?

Lo escribí porque yo sé vender.

No aprendí ventas en un salón lleno de gente aplaudiendo cada vez que un conferencista gritaba “mentalidad de tiburón”.

Aprendí vendiendo.

Atendiendo clientes.

Escuchando excusas.

Cobrando.

Perdiendo.

Probando.

Y entendiendo que un buen vendedor te muestra por qué algo vale la pena.

Un vendedor de humo, en cambio, te hace sentir que tu vida es una mierda y después te cobra por prometerte que puede arreglarla.

También aprendí a reconocerlos.

Los huelo a kilómetros.

Tienen palabras distintas, pero el mismo libreto.

Uno vende criptomonedas.

Otro vende bienes raíces.

Otro vende espiritualidad.

Otro vende inteligencia artificial.

Otro vende cómo vender cursos para enseñarle a otra gente a vender cursos.

El producto cambia.

La carnada no.

Siempre te dicen que estás cansado porque pensás como pobre.

Que no progresás porque tenés creencias limitantes.

Que el sistema quiere verte fracasado.

Que tu familia no te apoya porque le tiene miedo a tu potencial.

Y que, por pura casualidad, ellos tienen la única solución.

Una solución que cuesta cuatrocientos noventa y siete dólares y vence en diecinueve minutos.

Estoy cansada de ver personas inteligentes entregándoles la plata, el tiempo y hasta la autoestima a tipos que son mejores editando fotografías que administrando el negocio que dicen enseñar.

Tipos cuyo mayor éxito empresarial consiste, precisamente, en vender cursos sobre cómo alcanzar un éxito empresarial que nadie ha podido comprobar que tuvieron antes de empezar a vender cursos.

Porque esa es otra belleza.

Uno les pregunta:

—¿Y usted cómo hizo su fortuna?

Y responden:

—Enseñándoles a otros cómo hacer una fortuna.

Ah, bueno.

El negocio era vender el mapa.

No haber llegado al destino.

Aclaremos una cosa antes de que algún iluminado lea tres páginas y salga a decir que estoy atacando la educación.

Yo no estoy en contra de los cursos.

No estoy en contra de las mentorías.

No estoy en contra de la educación por internet ni de quien cobra por compartir lo que sabe.

Yo también vendo productos.

Doy talleres.

Cobro por mi trabajo.

Porque el conocimiento vale.

El tiempo vale.

La experiencia vale.

Y trabajar gratis no vuelve buena persona a nadie; solo lo vuelve más pobre.

El problema no es cobrar.

El problema es cobrar por lo que no existe.

Vender resultados que no se pueden garantizar.

Inventar una necesidad para después aparecer, como por arte de magia, con la solución.

Mostrar una vida prestada para vender un éxito que tampoco es propio.

Y, cuando el cliente descubre que perdió su plata, decirle que fue porque no creyó suficiente, no vibró alto, no tuvo disciplina, no manifestó bien o permitió que su familia contaminara su energía de millonario.

Qué negocio tan perfecto.

Si funciona, el método es maravilloso.

Si no funciona, la culpa es del cliente.

El gurú nunca pierde.

El que pierde sos vos.

Este libro es para que la próxima vez que aparezca uno prometiéndote que vas a hacerte rico en tres meses, facturar como Shakira, retirarte joven, vivir viajando o atraer abundancia escribiendo afirmaciones frente al espejo, te dé risa.

Pero no la risa del que se burla sin saber.

La risa del que ya vio dónde escondieron la trampa.

La del que mira el contador bajando y piensa:

—Bájese todo lo que quiera, hijueputa. Mi tarjeta no sale de esta billetera.

Durante este libro vas a encontrarte conmigo muchas veces.

No voy a esconderme detrás de palabras elegantes para parecer más inteligente.

No estoy presentando una tesis.

No estoy aspirando a una silla en la Real Academia Española.

Voy a hablarte como hablo en mi cocina.

Como le hablo a mis hijos.

Conoce el libro

Míralo de cerca

  • Los millonarios que necesitan tu dinero — edición fotografiada 1 de 2
    01
  • Los millonarios que necesitan tu dinero — edición fotografiada 2 de 2
    02
  • Los gurús no venden cursos, mentorías ni información. Venden futuro.

  • ¿Vos sabés qué es lo más gracioso de estos tipos?

La colección

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