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Yenny Astrid Londoño.

Parte 8 de 8

Putas historias, putos escritos

No acompañado porque alguien esté sentado al lado.

Acompañado porque alguien hace que la distancia deje de importar.

Vivíamos en países diferentes.

Y, curiosamente…

fue la relación donde menos sola me sentí.

Hay personas que duermen al lado de uno…

y llevan años ausentes.

Él vivía a miles de kilómetros…

y, aun así…

siempre encontraba la manera de hacerme sentir que caminábamos juntos.

Y eso…

eso no se compra.

Eso tampoco se promete.

Eso simplemente pasa.

Y cuando pasa…

uno entiende que el amor no siempre hace ruido.

A veces…

el amor se parece mucho a la paz.

Nunca fui de esas mujeres que necesitaban estar pegadas a alguien para sentirse completas.

De hecho…

siempre he trabajado demasiado.

Siempre he tenido mil ideas al mismo tiempo.

Un negocio.

Otro negocio.

Una página.

Otra página.

Yo no sé estar quieta.

Y él entendía eso.

Nunca intentó apagarme.

Nunca me pidió que soñara más pequeño.

Al contrario.

Cuando yo llegaba con una idea nueva, una de esas ideas que a cualquiera le parecían una locura…

él era el primero que decía:

—Hágale.

Y allá iba yo.

Como una niña chiquita estrenando cuaderno el primer día de clases.

Porque hay personas que cuando uno les cuenta un sueño…

empiezan a buscarle problemas.

Él empezaba a buscarle soluciones.

Y esa diferencia cambia una vida.

Porque uno termina creyendo en sí mismo cuando alguien cree en uno antes.

Trabajábamos juntos.

Y qué cosa tan peligrosa es trabajar con la persona que uno ama.

Porque uno empieza a soñar despierto.

Un negocio.

Después otro.

Después otro.

Y, sin darse cuenta, ya no está haciendo cuentas.

Está construyendo una vida.

Yo ya no hablaba de “mis proyectos”.

Hablaba de “nuestros proyectos”.

Hasta esa palabra cambió.

Nuestros.

Qué palabra tan bonita…

y tan peligrosa.

Porque cuando ese “nosotros” desaparece…

hay que volver a aprender a conjugar la vida en singular.

Y esa hijueputa materia sí que es difícil.

Él tenía una infancia muy dura.

La vida tampoco fue amable con él.

Tal vez por eso entendía tan bien mis cicatrices.

Nunca sentí que me juzgara por mi pasado.

Ni por mis errores.

Ni por mis locuras.

Y miren que yo material para juzgar sí daba.

Jajajajaja.

Pero nunca me hizo sentir menos.

Al contrario.

Me hacía sentir admirada.

Respetada.

Escuchada.

Y uno no se imagina lo adictivo que puede llegar a ser que alguien lo escuche de verdad.

No esperando el turno para hablar.

Sino escuchando.

Yo creo que lo más bonito que tuvimos fue eso.

La amistad.

Porque antes de ser novios…

éramos un equipo.

Nos reíamos muchísimo.

Nos mamábamos gallo.

Nos hacíamos bullying con cariño.

Nos burlábamos hasta de nosotros mismos.

Y creo que por eso nunca sentí que estuviera actuando.

Con él nunca tuve que posar de mujer perfecta.

Gracias a Dios.

Porque qué cansancio mantener un personaje las veinticuatro horas del día.

Con él podía ser la Yenny despelucada.

La que decía groserías.

La que peleaba con el computador.

La que se reía sola.

La que un día lloraba…

y al otro estaba haciendo chistes de la misma tragedia.

O sea…

yo.

Y eso era una delicia.

Una vez alguien me preguntó:

—¿Qué fue lo que viste en él?

Y yo me quedé pensando.

Porque la respuesta nunca fue fácil.

No era el físico.

No era la plata.

Porque la plata va y viene.

No era Nueva York.

Ni los viajes.

Ni el anillo.

Era algo mucho más sencillo.

Con él…

yo descansaba.

Y eso lo entiende solamente la gente que ha vivido muchos años sobreviviendo.

Hay un momento en la vida en que uno ya no busca emociones.

Busca paz.

Y yo la había encontrado.

Por eso me dolió tanto perderla.

No perdí solamente un hombre.

Perdí el único lugar donde mi cabeza dejaba de hacer ruido.

Si ustedes me preguntan hoy si volvería a vivir esa historia sabiendo cómo terminó…

les voy a responder algo que seguramente no esperan.

Sí.

Mil veces sí.

Porque aunque el final me rompió el alma… el camino me regaló una versión de mí que nunca había conocido.

Y por conocer a esa mujer…

volvería a pagar el precio.

Sin pensarlo.

Porque fue con él que entendí algo que nadie me había enseñado.

Que el amor no siempre llega para durar toda la vida.

A veces llega para devolverte la vida.

Y cuando cumple esa misión…

aunque después se vaya…

ya dejó una huella que nadie podrá borrar.

Yo estaba feliz.

Así de simple.

No sospechaba.

No estaba esperando una tragedia.

No sentía que la relación se estuviera apagando.

Nada de eso.

Un día tenía un futuro.

Y al otro día tenía preguntas.

Fue así.

Brusco.

Seco.

Como un portazo que nadie te avisa que viene.

Empezaron los chismes.

Las calumnias.

Las voces ajenas metiéndose donde nunca debieron meterse.

Y él eligió creer.

Eso fue lo que más me rompió.

No que hablaran mal de mí.

La gente habla.

Eso no es nuevo.

Lo que me rompió fue que él creyera más en una versión contada por otros…

que en la mujer con la que ya tenía un futuro armado.

No hubo una conversación.

No hubo un reclamo.

No hubo un:

—Explícame.

No.

Simplemente desapareció.

Y esa fue la parte más cruel.

Porque a mí no me dejaron defenderme.

No me dejaron hablar.

No me dejaron cerrar.

Me dejaron sola con una historia rota en las manos.

Y con unas argollas que de un día para otro ya no significaban nada.

Pero no.

Marica…

uno se cura.

No de un día para otro.

Ni con frases bonitas de Facebook.

Ni porque alguien le diga:

“Ya supéralo.”

Qué rabia me daba esa frase.

Uno sana cuando le da la gana.

Cuando puede.

Cuando el alma deja de sangrar.

Y eso no tiene calendario.

Yo hice el oso.

Del bueno.

Lloré.

Rogué.

Insistí.

Esperé.

Me humillé.

Me inventé películas.

Me hice preguntas que todavía hoy no tienen respuesta.

Y, ¿saben qué?

No me da vergüenza.

Porque estaba enamorada.

Y cuando uno ama de verdad…

hace cosas que desde afuera parecen ridículas.

Hasta que un día le toca vivirlas.

Ahí sí cambia el discurso.

Con el tiempo entendí que dejar de amar no era la meta.

La meta era dejar de sufrir.

Y eso son dos cosas completamente distintas.

Porque hay personas que uno siempre va a querer.

Pero ya no las necesita para ser feliz.

Y esa diferencia…

vale una vida.

Ya no necesito que alguien me salve.

Nunca más.

Ya no necesito que alguien me complete.

Tampoco.

La vida me enseñó que las personas llegan.

Las personas se van.

Y uno tiene dos opciones.

Quedarse viviendo en el recuerdo…

o empezar a construir una vida donde también quepa la felicidad sin esa persona.

Yo elegí lo segundo.

Y ha sido la mejor decisión que he tomado.

Hoy ya no quiero otra relación.

No porque haya dejado de creer en el amor.

Sino porque, por primera vez en mi vida…

estoy construyendo una historia muy bonita con la única persona con la que voy a vivir hasta el último de mis días.

Conmigo.

Y, sinceramente…

esa mujer me cae muy bien.

♥

Cierre de cama y conciencia

Después de todo esto…

¿saben qué fue lo más hijueputa?

Que volví a creer.

Sí.

Así de pendeja soy.

Y, ¿saben qué?

No me arrepiento.

Porque prefiero mil veces una vida donde me rompan el corazón…

a una donde nunca me atreva a entregarlo.

Viví.

Me equivoqué.

Amé hombres buenos.

Amé hombres que no debí amar.

Me amaron bonito.

Me mintieron.

Mentí.

Traicioné.

Me traicionaron.

Hice reír.

Lloré.

Hice llorar.

Hice el oso.

Del premium.

Jajajajaja.

Y sobreviví.

Que al final…

es lo único que realmente importa.

Ya no necesito convencer a nadie de que fui una buena mujer.

Tampoco una mala.

Fui una mujer.

Y con eso basta.

Porque la vida no se vive para quedar bien en el recuerdo de los demás.

Se vive para poder dormir tranquilo con el propio.

Si alguien termina este capítulo pensando:

“Qué vieja tan loca.”

Tiene razón.

Si piensa:

“Qué vieja tan intensa.”

También.

Si piensa:

“Yo habría hecho lo mismo.”

Bienvenido al club.

Aquí repartimos pañuelos…

y, de vez en cuando, también un poquito de dignidad recuperada.

Jajajajaja.

Hoy miro a esa Yenny que lloraba por hombres que ya no estaban…

y no siento vergüenza.

Siento ternura.

Porque hizo lo único que sabía hacer.

Amar.

Muy mal, a veces.

Muy bonito, otras.

Pero siempre de verdad.

Y eso… eso jamás será un defecto.

Así que sí.

Me llamaron loca.

Bruja.

Libidinosa.

Tóxica.

Puta.

Y seguramente mañana inventarán otro adjetivo.

Qué pereza.

Yo ya no estoy para coleccionar etiquetas.

Estoy ocupada viviendo.

Porque entendí demasiado tarde…

que la vida no premia a quienes sienten menos.

La vida siempre termina abrazando a quienes, a pesar de todo…

todavía se atreven a sentir.

Y yo…

después de cuatro hombres…

de cuatro despedidas…

de cuatro versiones distintas de la palabra amor…

todavía soy capaz.

Todavía me río.

Todavía lloro.

Todavía creo.

Y, sobre todo…

todavía sigo siendo yo.

Qué peligro para el mundo.

Jajajajaja.

♥

No fui la mujer perfecta.

Pero, hijueputa… qué bonito fue vivir sin pedirle permiso a la vida.

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