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Yenny Astrid Londoño.

Parte 7 de 8

Putas historias, putos escritos

pero seguir durmiendo al lado de un extraño…

eso sí duele.

Yo seguía trabajando como una loca.

Siempre he tenido un problema muy grave.

Cuando la vida se me desordena… trabajo más.

Como si produciendo pudiera arreglar lo que se estaba rompiendo dentro de mí.

Él seguía siendo el hombre simpático.

El que caía bien.

El que siempre tenía una sonrisa.

Y yo…

yo era la brava.

La que reclamaba.

La que dañaba el ambiente.

Qué curioso.

La persona que carga la casa termina pareciendo el problema.

Y la que se hace la marica…

termina siendo la víctima.

La vida tiene unas ironías muy malparidas.

Un día dejé de preguntarme si me estaba engañando.

Y empecé a preguntarme otra cosa.

¿Por qué necesitaba tantas mujeres para sentirse suficiente?

Porque cuando uno deja de competir con las otras… empieza a mirar realmente a la persona que tiene al frente.

Y entendí algo.

Nunca se trató de ellas.

Nunca.

Se trataba de él.

Había personas que necesitan sentirse deseadas todo el tiempo.

Necesitan que alguien les diga que son lindos.

Que son importantes.

Que todavía levantan suspiros.

Como si el aplauso de los demás fuera el único espejo donde pudieran verse.

Y yo…

yo ya estaba demasiado ocupada intentando sacar adelante una familia como para convertirme también en animadora del ego de otro adulto.

Con el tiempo aparecieron las certezas.

No una.

Varias.

Y ahí fue donde entendí que no había sido un error.

Había sido una costumbre.

Porque un error pasa una vez.

Una costumbre…

ya es una decisión.

Y fue en ese momento cuando dejé de hacerme una pregunta que me había acompañado durante años.

¿Qué hice mal?

Porque la respuesta era muy sencilla.

Nada.

Las decisiones de otra persona nunca hablan de nuestro valor.

Hablan del suyo.

Y esa verdad me costó muchísimos años aprenderla.

Hubo un día en que dejé de pelear.

No porque todo estuviera bien.

Sino porque estaba cansada.

Muy cansada.

Descubrí que uno puede ganar todas las discusiones…

y perder la paz.

Y yo ya había perdido demasiadas cosas para seguir perdiendo también la tranquilidad.

Fue ahí cuando empecé a soltar.

Fui soltando poquito a poquito.

Primero la necesidad de tener respuestas.

Después la necesidad de tener la razón.

Y, por último…

la necesidad de salvar una relación que hacía mucho tiempo había dejado de querer salvarse a sí misma.

Hubo una noche en la que entendí que ya no estaba peleando por amor.

Estaba peleando por orgullo.

Y el orgullo es un consejero tan malo como el miedo.

Yo quería que cambiara.

Quería que entendiera.

Quería que viera todo lo que yo hacía por esa familia.

Trabajaba.

Criaba cuatro hijos.

Sacaba la casa adelante.

Vivía pendiente de que no faltara nada.

Y, sin darme cuenta, empecé a convertirme en la administradora de la vida de todo el mundo.

Cuidaba la plata.

Las cuentas.

Las responsabilidades.

Hasta terminaba pendiente de que él no se gastara el sueldo antes de llegar a la casa.

Y un día me hice una pregunta que nunca había querido hacerme.

¿En qué momento dejé de sentirme esposa… para empezar a sentirme la mamá de otro adulto?

Esa pregunta me dolió más que cualquier infidelidad.

Porque entendí que el amor se había ido desgastando entre recibos, obligaciones y decepciones.

Y cuando una relación llega a ese punto…

ya no hay beso que alcance para arreglarla.

Con los años entendí algo que me costó muchísimo aceptar.

Yo no era la misma mujer que había entrado a ese matrimonio.

Pero él tampoco era el mismo hombre.

Los dos habíamos cambiado.

Los dos nos habíamos herido.

Los dos habíamos cometido errores.

Solo que algunos errores dejan cicatrices más visibles que otros.

Y llegó el día en que entendimos que insistir también puede ser una forma de hacerse daño.

Nos soltamos.

Sin escándalos.

Sin guerras.

Sin convertirnos en enemigos.

Porque después de todo…

habíamos compartido demasiada vida para terminar tratándonos como desconocidos.

Y aquí viene una de las ironías más bonitas de mi historia.

La gente cree que de ese matrimonio solo me quedaron malos recuerdos.

Qué va.

También me quedó un hijo.

No nació de mi vientre.

Llegó a mi vida siendo un niño.

Y, sin darme cuenta, un día empezó a decirme:

—Má…

Hoy ya es un hombre.

Y casi todos los días me llama.

No para pedirme plata.

No para pedirme favores.

Solo para preguntarme: —Má… ¿cómo estás? ¿Estás bien?

Y cada vez que escucho esa pregunta…

la vida me recuerda que el amor no siempre nace de la sangre.

A veces nace de la decisión de quedarse.

De acompañar.

De querer.

Y eso…

eso también es ser mamá.

Si hoy me preguntan por aquel hombre…

no puedo responder con odio.

Sería injusto.

Hubo cosas que me rompieron.

Sí.

Pero también hubo cosas muy bonitas.

Compartimos años.

Construimos una familia.

Y, aunque el matrimonio no sobrevivió…

el cariño sobrevivió de otra manera.

Hoy seguimos siendo amigos.

Seguimos riéndonos de muchas cosas.

Y entendimos algo que nos tomó demasiados años aprender:

Hay personas que dejan de ser pareja… pero nunca dejan de ser familia.

Y eso…

también es una forma de amor.

El hombre con el que siempre soñé

Hay una cosa que nunca pensé volver a hacer.

Casarme.

Sí.

Yo.

La misma que llevaba años diciendo que con un matrimonio había tenido suficiente.

La misma que juraba que esos papeles no garantizaban absolutamente nada.

La misma que decía:

—¿Casarme otra vez? Ni por el putas.

Pues la vida, que tiene un humor muy hijueputa…

decidió reírse de mí.

Y no solo me enamoré.

Me comprometí.

Sí.

Con anillo y toda la cosa.

Ni yo me lo creía.

El muy desgraciado escogió una papelería para pedirme matrimonio.

Imagínense el romanticismo.

Hay mujeres a las que les proponen matrimonio frente a la Torre Eiffel.

A mí me tocó entre resmas de papel, lapiceros y facturas.

Y ¿saben qué?

No le cambiaría ni una sola coma a ese recuerdo.

Porque mientras él estaba arrodillado…

yo no veía la papelería.

Yo veía al hombre con el que quería envejecer.

Lloré.

Claro que lloré.

Si yo era la primera sorprendida.

La vida acababa de hacerme la peor broma de todas.

Convencerme de volver a creer en el matrimonio.

Después llegaron las argollas.

Y ahí apareció la verdadera Yenny.

Porque apenas las vi… me dio por pesarlas.

Sí.

Pesarlas.

Literalmente.

Y descubrí que la de él pesaba más que la mía.

No señor.

Así no.

Le dije:

—Si los dos nos vamos a casar, los dos cargamos el mismo peso.

Ni más usted.

Ni menos yo.

Jajajajaja.

Pobre hombre.

Yo creo que en ese momento alcanzó a pensar:

“¿Todavía alcanzo a salir corriendo?”

Pero no.

Se rió.

Las cambió.

Y seguimos haciendo planes.

Hoy lo pienso y me da risa.

Porque esa escena dice mucho de nosotros.

Y también dice mucho de mí.

Yo siempre he sido jodida.

Pero cuando quiero…

quiero bonito.

Mucha gente cree que el amor se reconoce por las mariposas en el estómago.

Yo no.

Después de todo lo que había vivido…

las mariposas me daban desconfianza.

Las mariposas revolotean demasiado.

Y yo ya estaba muy vieja para andar persiguiendo mariposas.

Lo que quería era paz.

Y, sin darme cuenta…

fue exactamente eso lo que encontré.

No era esa emoción desesperada de revisar el celular cada cinco minutos.

No era la ansiedad.

No eran los celos.

No era el miedo de perderlo.

Era algo mucho más raro.

Y mucho más bonito.

Era tranquilidad.

De esa que uno ni siquiera sabe explicar.

Simplemente un día se acuesta…

y duerme.

Imagínense el milagro.

Yo.

Durmiendo.

Jajajajaja.

Eso ya era motivo suficiente para casarme.

Después de ese día empecé a hacer algo que juré que nunca volvería a hacer.

Hacer planes.

Pero no planes para diciembre.

Ni para vacaciones.

No.

Planes de esos que dan miedo.

Una casa.

Un matrimonio.

Un negocio.

Un futuro.

Una vida.

Y, por primera vez…

todos esos planes me hacían ilusión.

No miedo.

Porque hasta ese momento yo no había vivido.

Yo había sobrevivido.

Siempre apagando incendios.

Siempre esperando la próxima desgracia.

Siempre pensando:

“¿Ahora qué será lo que sigue?”

Con él fue distinto.

Por primera vez pensé:

“De pronto sí existe eso de vivir tranquilos.”

Y miren qué peligrosa puede ser la tranquilidad.

Uno baja la guardia.

Y ahí es donde la vida encuentra por dónde darle.

Si hoy alguien me pregunta qué fue lo que tanto me enamoró de él…

la respuesta los va a decepcionar.

Porque no fue el anillo.

Ni los viajes.

Ni Nueva York.

Ni los detalles.

Ni siquiera fue él.

Fue la mujer que yo era cuando estaba a su lado.

Eso fue lo que más amé.

Yo me gustaba.

Y eso no me había pasado casi nunca.

Me reía más.

Trabajaba con más ganas.

Soñaba sin sentirme ridícula.

Volví a creer en la gente.

Volví a creer en el amor.

Hasta volví a creer en mí.

Y eso sí era un milagro.

Porque cuando uno pasa muchos años recogiendo los pedazos de sí mismo…

llega un momento en que ya no sabe cómo era antes de romperse.

Él, sin proponérselo…

me devolvió una versión de Yenny que yo ya daba por perdida.

Una Yenny tranquila.

Una Yenny ilusionada.

Una Yenny que volvía a hacer planes sin pensar que todo se iba a acabar.

Y eso…

eso vale más que cualquier anillo.

Si las almas gemelas existen…

yo creo que conocí la mía.

No porque nuestra historia terminara bien.

Sino porque, mientras duró…

sentí que alguien entendía un idioma que el resto del mundo nunca había aprendido.

No necesitábamos hablar de todo.

Muchas veces bastaba con saber que el otro estaba ahí.

Y qué cosa tan berraca es sentirse acompañado.