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Yenny Astrid Londoño.

Parte 3 de 5

No todos los hijos de puta vienen con advertencia

Llegan a tu casa descalzos, se te meten a la cama a ver series, se tragan tus chocolates y se toman tu tinto con la guardia baja. Y uno, pendejo, cree que está construyendo lealtad. Mentiras. Estás alimentando al enemigo en tu propia mesa. Te están haciendo inteligencia militar. Se alimentan de tus historias vulnerables, de tus llantos a medianoche y de tus secretos, no para apoyarte, sino para archivar cada lágrima como munición pesada que van a disparar en tu contra cuando llegue el momento de competir.

¿Querés saber cómo hablan de vos cuando no estás? Escuchá con atención cómo hablan de los que ya no están en su vida. Si a todos los que se abrieron de su lado los tratan de «malagradecidos», «traidores» o «locos», ahí tenés, sin edición y en pantalla gigante, el borrador exacto de cómo van a hablar de vos cuando decidás ponerles un límite. No hace falta adivinar el futuro: ellos mismos te lo están cantando en la cara.

¿Héroes o mentirosos? El maldito síndrome del editor

Hay otra plaga muy común que se detecta rápido si dejás de escuchar con los ojos enamorados y empezás a analizar con cabeza fría: la gente que, curiosamente, siempre es la víctima perfecta en todas sus historias.

Prestá atención a cómo te cuentan sus peleas o sus fracasos del pasado. En sus relatos, ellos siempre son los inteligentes, los trabajadores, los honestos y los injustamente pisoteados. Ni una duda. Ni un error propio. Jamás levantaron la voz, jamás dijeron una palabra fuera de tono, jamás se equivocaron.

Qué hoja de vida tan impecable. Ni Jesucristo salió tan libre de culpa en sus historias.

Cuando alguien siempre aparece como el héroe mártir y todos los demás como unos monstruos malagradecidos, a mí no me da pesar su sufrimiento; a mí lo que me da es desconfianza de su editor. Porque alguien está recortando las escenas de la película donde se portó como una basura, y casi siempre es el mismo que te está contando el chisme.

Nadie es un santo de tiempo completo. El que no es capaz de asumir que la cagó, que fue ruin, que gritó o que también traicionó, es un peligro andante. Porque el día que se porte como un demonio con vos —y lo va a hacer—, ya tiene armada la narrativa para convencer al mundo de que vos tuviste la culpa de su maldad.

Lo que observo ahora: menos oído y más tiempo

Yo ya no hago interrogatorios policiales. No llevo una planilla escondida debajo de la mesa para calificar al aparecido de turno, ni ando paranoica persiguiendo fantasmas.

Ahora solo hago una cosa: dejo correr el tiempo.

El tiempo es el enemigo más grande de la mentira. No cobra sueldo, no se cansa, no se deja tragar entero y tarde o temprano termina encontrando las costuras del disfraz de oveja más fino. Al final, las inconsistencias saltan solas.

Observo si la amabilidad que me muestran tiene destinatarios selectos. Observo si saben recibir un «NO» sin empezar a cobrarte favores o a castigarte con el látigo del silencio. Observo si pueden admitir un error sin tener que convocar una asamblea para explicar que la culpa fue de su trauma de infancia.

Y, sobre todo, observo cómo me siento después de estar con esa persona. No durante el encanto del tinto o de la cerveza. Después.

¿Me quedo en paz? ¿O me quedo revisando cada palabra que dije, preguntándome si hablé de más, si fui muy directa o si tengo que mandar un mensaje aclarando una estupidez que nadie sano mentalmente convertiría en un problema?

Tu cuerpo es un detector de basura mucho más rápido que tu cabeza. El cuerpo siente la tensión, el vacío y el peligro mucho antes de que tu cerebro termine de justificar al mentiroso que tenés al frente.

No hace falta que condenes a nadie en la primera cita, pero por lo que más querás, tampoco lo absolvás antes de que empiece el juicio.

Dejá que hablen. Dejá que se incomoden. Dejá que el tiempo haga lo suyo. La gente siempre termina presentándose completa con sus propias cochinadas. El verdadero problema es que, casi siempre, nosotros ya les habíamos entregado las llaves de nuestra paz cuando apenas iban por el saludo.