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Yenny Astrid Londoño.

Parte 2 de 5

No todos los hijos de puta vienen con advertencia

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Capítulo 1: Parecía buena gente porque todavía no abría la jeta

Hay una peste silenciosa que ronda por ahí y que la gente pendeja insiste en llamar «timidez» o «buen temperamento». Yo lo llamo el silencio del depredador. Es ese lapso de tiempo, tan corto como un suspiro y tan falso como billete de tres mil, donde el aparecido o la aparecida de turno todavía no ha abierto la jeta lo suficiente como para que se le salga el monstruo que lleva dentro.

Ahí los tenés. Se sientan al frente tuyo, sonríen con cara de santos de altar, asienten a cada estupidez que decís y te miran como si fueras la octava maravilla del mundo. Y uno, pendejo por naturaleza y con un hambre miedosa de creer en milagros, empieza a armarse películas de Hollywood en la cabeza: «Es que es tan reservado», «este sí es un hombre de verdad», «ella sí es una mujer centrada, no como las histéricas que conozco».

No, bajate de esa nube. No eran maduros, no eran diferentes, y mucho menos eran decentes. Es que todavía no habían hablado.

El silencio no es ninguna virtud; el silencio es la sala de espera del manicomio. Es el laboratorio donde están fabricando la mentira que te van a clavar. La gente llega a tu vida vestida de mansa oveja, oliendo a perfume caro, dándoselas de espirituales, de sanados y con una humildad que da ganas de vomitar. Te estudian. Te miden el aceite. Averiguan por dónde flaqueás, qué te hace falta, qué te da rabia y qué te hace llorar. Y cuando ya tragaste entero, cuando sienten que caíste en la red, se quitan el disfraz de un tirón y te muestran las garras.

El mudito de las tres citas y el cuento de las «locas»

Conocí el caso de un infeliz que era el rey de esta estrategia, pero esto aplica para lado y lado. En la primera cita el tipo era una tumba. Un monumento a la discreción. Ella hablaba, se desahogaba, le contaba hasta de qué se iba a morir, y el tipo ahí, mirándola fijo, tomando cerveza y asintiendo como esos muñequitos que ponen en los taxis. Cualquiera hubiera pensado que el tipo estaba teniendo una revelación divina con solo escucharla.

¿La verdad? El silencio le servía de maravilla. Mientras ella le entregaba la biografía completa, él no arriesgaba una sola idea propia. Escuchaba, medía y guardaba información. No sé qué tenía en la cabeza; sé lo que hizo después con todo lo que ella le contó. Y con eso me alcanza.

En la tercera cita, cuando ya consideró que la presa estaba lo suficientemente sorda por el silencio, soltó la lengua. Y no fue para conversar; fue para escupir el primer veneno: el discurso de la víctima incomprendida. —«A mí la vida me ha dado muy duro… y es que todas mis ex parejas han sido unas locas desquiciadas que me querían destruir»— dijo el tipo con los ojos aguados.

Hay que estar muy jodido de la cabeza en esta vida para escuchar a alguien decir que todas sus ex parejas están locas y pensar: «Ay, pobrecito, conmigo va a ser diferente porque yo sí lo voy a curar con mi amor».

¡Despertate! Si un tipo te sale con que todas las mujeres de su pasado eran unas arpías, o si una mujer te jura que todos los hombres con los que ha estado eran unos monstruos, no te están contando su historia. Te están cantando la cartilla de lo que van a decir de vos en tres meses cuando ya se aburran de usarte. Son el denominador común de todo ese cementerio de relaciones, pero en su cabeza enferma, ellos son los únicos santos que caminan sobre la tierra.

La versión femenina: la mansa paloma que busca salvador

Y los hombres no se salvan de caer redondos en este juego. A ellos les llega la versión de la «mansa paloma». Una mujer que en las primeras citas no rompe un plato, calladita, mística, que habla pasito y que parece que necesitara que la rescaten del malvado mundo. Se muestra desinteresada, te dice que lo material no le importa, que ella solo busca «paz y conexión mental». El tipo, creyéndose el macho alfa salvador, saca el pecho y le entrega las llaves de su vida, de su billetera y de su confianza.

Esperáte tres meses. En cuanto la mansa paloma se siente segura en el nido, el tono de voz le sube tres octavas. La que no quería nada material ahora te monta un problema si no la llevás al restaurante de moda, y la que era «pura paz» resulta ser una celosa posesiva que te revisa hasta el estado de cuenta. El silencio del principio no era tranquilidad; era la fase de reconocimiento del terreno para saber exactamente cuánto te podían sacar.

La entrevista de trabajo: el Tinder corporativo

Y esta payasada no es exclusiva de las relaciones de cama; en la calle, con los socios, con los amigos y en las oficinas pasa exactamente la misma mierda. Una entrevista de trabajo es la mentira más elegante del mundo, un nido de víboras donde todos se muestran flexibles, modernos y preocupados por tu salud mental.

—«Aquí somos una familia»— te dice el de recursos humanos con una sonrisa plástica de oreja a oreja. —«Aquí respetamos el tiempo de la gente, los fines de semana son sagrados y valoramos el liderazgo horizontal».

¡Carretas! Esperáte a que sea un domingo de puente a las diez de la noche para que te llegue el mensaje de WhatsApp del jefe o de la jefa diciéndote que «surgió una urgencia» y que necesitás resolverla ya. El mismo que te juraba respeto en la entrevista, ahora te trata como a su sirviente porque sabe que necesitás el sueldo.

Mienten con una soltura que asusta. Te pintan pajaritos de oro para que firmés el contrato, y una vez que estás adentro y dependés de ellos, te muestran el látigo. Llegaron como ovejas y terminaron como capataces.

No te estoy diciendo que vivás a la defensiva, desconfiando de todo el que se te acerque. Lo que te estoy diciendo es que dejés de confundir el silencio con la decencia. El silencio es neutro. A veces, es simplemente la estrategia calculada del que sabe que si te muestra las garras el primer día, lo mandás a la mierda de una.

Hay una forma mucho más rápida de conocerlos que esperar a que el disfraz se caiga solo.

Deciles que no y mirá cómo se les cae la santidad

Mirar cómo tratan al mesero sirve, claro. Pero esa apenas es la prueba de calentamiento. La verdadera función empieza cuando les decís que no y descubrís cómo reaccionan cuando decidís que tu paz vale más que su comodidad.

Vivimos en un mundo lleno de aprovechados profesionales que se acostumbran a tu generosidad, a tu tiempo y a tu espacio. Se acomodan en tu vida, se instalan en tus hombros y pretenden que cargués con sus traumas, con sus deudas emocionales y con sus caprichos. Y uno, con esa culpa estúpida que le meten desde chiquito, se sacrifica para que los demás no se sientan «incómodos».

¿Querés verle la verdadera jeta al diablo? Deciles que NO.

• Decile a ese cliente abusivo que te escribe a medianoche que no le vas a trabajar a esa hora y que si no le gusta, que busque a otro.

• Decile a esa supuesta amiga que no le vas a prestar más plata ni le vas a resolver la vida por milésima vez.

• Decile a ese aparecido que no vas a aguantarle sus desplantes ni vas a mendigarle atención.

Ahí es donde se les acaba la mística y la espiritualidad barata. En el preciso instante en que dejás de serles útil, dejás de ser la «buena gente» y pasás a ser «el egoísta», «el malo», «el agrandado». Te arman un drama, te hacen el vacío o te tildan de loco porque te atreviste a pensar en vos antes que en ellos.

«El que se emputa cuando ponés un límite, es porque se estaba beneficiando de que no lo tuvieras.»

Dejá que se incomoden. Dejá que se retuerzan en su propia rabia porque ya no te pueden manipular. Que piensen lo que les dé la gana, que hablen pestes de vos en las esquinas, que digan que cambiaste. ¡Claro que cambiaste! Dejaste de ser pendejo para empezar a ser libre.

La paz tiene un precio muy alto y se paga con la inconformidad de los demás. El que te quiere de verdad, respeta tu distancia. El que te quiere usar, se emputa cuando le cerrás la puerta. Así de simple es la matemática de la vida.

Que les duela, que les incomode y que se muerdan la lengua. Tu tranquilidad no es negociable para mantener a salvo el ego de ningún parásito.

Las hienas de mi mesa: espionaje con café

Con las supuestas amistades pasa exactamente la misma porquería. Esa «amiga» o ese «parcero» nuevo que te llega a la vida y las primeras semanas no hace sino tirarte flores, aplaudirte todo y decirte: «¡Wow, de verdad te admiro tanto, sos una inspiración!».

Esa mansa oveja todavía no ha tenido la oportunidad de morderte porque todavía no conoce tus puntos débiles.

Dale tiempo. La envidia no necesita tarjeta de invitación, solo necesita un motivo. Y vos, sin querer, se lo vas a dar el día que te vaya un poquito mejor, el día que te comprés algo que ellos no pueden pagar, o el día que brilles con luz propia sin pedirle permiso a nadie. Ahí es donde la mansa paloma se quita la piel de cordero y te muestra los colmillos.