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Introducción. El día que casi le compro el curso a un fantasma
Eran las once de la noche.
Afuera estaba cayendo esa lluvia de Medellín que empieza como quien no quiere la cosa y, cuando uno menos piensa, ya hay una moto flotando por la Regional.
Adentro estaba yo.
El celular en una mano.
Un cigarrillo en la otra.
El computador encendido.
Y una mezcla de cansancio, ansiedad y esperanza que no sentía desde que conocí a aquel innombrable que alguna vez tuve por pareja.
El tipo de la pantalla tenía pinta de saber lo que decía.
Camisa blanca bien planchada.
Reloj grande.
Biblioteca de fondo.
Siempre tienen una biblioteca.
No importa si nunca han leído un libro completo. La biblioteca tiene que aparecer, porque al parecer uno pone cuatro lomos atrás y automáticamente queda certificado como filósofo, economista y salvador de pobres.
Hablaba despacio.
Sin trabarse.
Con esa seguridad que solo tienen dos clases de personas:
las que saben muchísimo…
y las que llevan repitiendo la misma mentira trescientas veces.
—El sistema está diseñado para que trabajés toda la vida como un pobre asalariado —dijo.
Y yo asentí.
Asentí como si el hombre estuviera sentado en mi sala y acabara de descubrir mi tragedia personal mirando una bola de cristal.
Porque, para ser sinceros, la frase tenía verdad.
Y ahí está el peligro.
Los mejores cuentos no empiezan con una mentira completa.
Empiezan con una verdad que te duele.
¿Cuántas noches había pasado yo sin dormir?
Armando anchetas.
Contestando mensajes.
Cuadrando pedidos.
Creando páginas web.
Abriendo canales de YouTube.
Buscando nuevas formas de producir plata.
Coordinando domiciliarios capaces de perderse aunque uno les mande la ubicación, la dirección, una foto de la casa, el nombre del edificio y un dron marcándoles el camino.
¿Cuántas veces había trabajado todo el día para terminar mirando la cuenta bancaria y preguntándome dónde putas estaba la plata?
¿Alcanzaba?
No, marica.
Acá la plata es una ilusión.
Uno cree que tiene hasta que paga el arriendo, los servicios, la comida, las deudas y las suscripciones que se cobran justo el día en que la cuenta está más flaca.
—Pero existe una forma de salir de ese sistema —continuó el hombre.
Entonces bajó la voz.
Porque los secretos millonarios siempre los cuentan bajito.
Debe ser para que no los escuchen los bancos.
—Una forma que cambió mi vida y que también puede cambiar la tuya.
Y ahí apareció la promesa.
Diez mil dólares al mes.
Trabajando desde cualquier lugar.
Sin jefe.
Sin horario.
Sin estrés.
Sin explicar qué había que hacer exactamente, pero ese era un detalle menor.
—Todo lo que necesitás es esto —dijo mientras señalaba una pantalla llena de gráficos, flechas, cifras y palabras en inglés.
Yo no entendía un culo.
Pero se veía profesional.
Y uno, cuando está cansado, confunde fácilmente lo complicado con lo inteligente.
—Mi método ha sido probado en más de cuarenta países y está respaldado por testimonios de personas comunes que ahora viven la vida que siempre soñaron.
Apareció María.
Treinta y cuatro años.
Madre soltera.
Antes trabajaba doce horas diarias en una fábrica.
Ahora viajaba por el mundo con sus hijos, ganaba más que un ejecutivo y sonreía mirando el mar, como si los niños jamás hicieran pataleta y viajar con ellos fuera una experiencia espiritual.
Después apareció Carlos.
Exempleado bancario.
Había ganado seis mil dólares en su primer mes.
Carlos tenía una casa hermosa, una esposa feliz y unos dientes tan blancos que alumbraban la sala.
Nadie explicó qué vendía Carlos.
Ni a quién.
Ni cuánto había invertido.
Ni si los seis mil dólares eran ganancia o ventas.
Pero tampoco había tiempo para ponerse cansón con detalles.
Lo importante era que Carlos sonreía.
Después llegó el precio.
—Este programa normalmente cuesta tres mil dólares —dijo.
En la pantalla apareció el número tachado con una línea roja.
Tres mil dólares.
Un precio tan grande que uno casi podía escuchar cómo lo habían inventado cinco minutos antes.
—Pero si te inscribís hoy, durante los próximos veinte minutos, vas a recibirlo todo por solo cuatrocientos noventa y siete dólares.
Solo.
Me encanta cuando le ponen “solo” a una cifra que puede dejar comiendo arroz con huevo a una familia durante semanas.
Cuatrocientos noventa y siete dólares.
Yo miré el número.
Lo convertí mentalmente a pesos colombianos.
Y pensé:
—¿Tendré cupo en la tarjeta?
Mentiras.
Estoy chicaneando.
Yo sabía perfectamente que no tenía semejante cupo.
Si apenas alcanzaba para sostener el día a día, mucho menos tenía dos millones de pesos disponibles para patrocinarle la playa a ese aparecido.
Pero la cifra no me pareció ridícula.
Eso es lo peor.
Me pareció una ganga.
Tres mil dólares de valor por cuatrocientos noventa y siete.
Uno veía eso y pensaba que no comprar era casi perder plata.
Mirá la belleza de la manipulación.
El tipo todavía no me había demostrado que ese curso valiera ni los cuatrocientos noventa y siete dólares que estaba cobrando, pero ya me había hecho sentir que, si no compraba, estaba dejando perder más de dos mil quinientos.
No había comprado nada y ya me sentía ganadora.
—Pero eso no es todo —gritó.
Claro que no era todo.
Nunca es todo.
Esa gente puede seguir agregando bonos hasta que uno termine comprando un curso de criptomonedas que incluye recetas veganas, meditación cuántica y una clase especial para sanar la relación con el niño interior.
—Si te inscribís ahora mismo, también vas a recibir GRATIS mi curso de mentalidad millonaria, mi taller de criptomonedas para principiantes, mi clase para abandonar tu empleo en seis meses y acceso de por vida a nuestra comunidad exclusiva de emprendedores exitosos.
Gratis.
GRATIS.
La palabra apareció en letras enormes.
Cada bono valía, según él, cientos de dólares.
Todo sumaba como quince mil.
El hombre estaba prácticamente regalando su patrimonio intelectual.
Un santo.
Un mártir del marketing digital.
Un Jesucristo de los embudos de venta.
Los bonos seguían cayendo.
Uno detrás de otro.
Y después apareció el contador.
Veinte minutos.
Diecinueve.
Dieciocho.
Diecisiete.
Ahí fue cuando la cosa se puso seria.
—Los cupos se están agotando —advirtió—. Solo quedan doce disponibles para Colombia. Cuando se terminen, esta oportunidad no volverá a repetirse. Mañana el precio volverá a tres mil dólares.
Doce cupos para Colombia.
Qué precisión tan conveniente.
Uno se imaginaba a media nación sentada frente al computador, con la tarjeta en la mano, peleándose por entrar.
Tres mil dólares mañana.
Cuatrocientos noventa y siete ahora.
Jueputa.
Y yo sin plata.
Entonces pensé:
Brayan tiene tarjeta.
Fui a buscarlo.
Le pedí la tarjeta prestada.
Después mirábamos cómo pagábamos.
Esa frase —“después miramos cómo pagamos”— ha sido el prólogo de más tragedias financieras que cualquier crisis económica.
Volví al computador.
Corriendo.
No es una exageración.
Corrí.
El contador seguía bajando.
Mis dedos quedaron a centímetros de escribir los números.
Y fue en ese momento, con una tarjeta que ni siquiera era mía en la mano, cuando recordé algo que ese tipo no sabía de mí:
yo también sé vender.
He pasado años explicándoles a mis clientes por qué una ancheta vale lo que cuesta.
Sé que una página web tiene que solucionar algo.
Sé que una lectura de tarot honesta representa tiempo, experiencia y conocimiento.
Y sé que cuando alguien necesita impedirte pensar para poder venderte, seguramente no quiere que pensés demasiado en lo que está vendiendo.
La urgencia sirve para eso.
No para ayudarte.
Para apurarte.
Para que el miedo a perder la oportunidad le gane a tus ganas de revisar si la oportunidad existe.
Para que no preguntés.
Para que no comparés.
Para que no busqués opiniones.
Para que no hablés con nadie que pueda decirte:
—Marica, eso huele raro.
Así que no escribí los números.
Hice lo que ningún vendedor de humo quiere que hagás mientras el contador sigue bajando:
me puse a averiguar.
Busqué al tipo en Google.
Los primeros resultados parecían maravillosos.
Entrevistas.
Artículos.
Reseñas.
Historias de éxito.
Todo hablaba bien de él.
Demasiado bien.
Y cuando todo lo que aparece sobre una persona parece escrito por su mamá, lo más probable es que lo haya pagado su equipo de marketing.
Las entrevistas estaban organizadas por gente relacionada con su negocio.
Los artículos repetían las mismas frases.
Las reseñas aparecían en páginas que parecían creadas únicamente para decir que el curso era una maravilla.
Eso no era reputación.
Era decoración.
Después busqué testimonios por fuera de su jardín.
No los que él había escogido.
No los que aparecían llorando de felicidad en el video.
Busqué en foros.
En Reddit.
En grupos de Facebook.
En comentarios enterrados debajo de publicaciones que nadie veía.
Y ahí apareció el otro negocio.
Personas que pagaron y nunca recibieron acceso.
Personas que terminaron el curso y no ganaron un peso.
Personas que pidieron la devolución y fueron bloqueadas.
Personas que descubrieron que el supuesto método secreto era información básica que podían encontrar gratis en internet.
Personas endeudadas.
Avergonzadas.
Sintiendo que el problema eran ellas porque el vendedor les había dicho que no obtuvieron resultados por falta de disciplina, mentalidad o compromiso.
Claro.
El curso podía ser una mierda.