2 de 3
Capítulo 1: La incompetencia no es un defecto, es un estilo de vida ajeno
Antes de seguir
¿Cuántas veces terminó arreglando un desastre que otra persona juró que sabía hacer?
* * *
He levantado negocios desde cero. Y la necesidad es la universidad más hijueputa que existe.
La incompetencia ya no me sorprende.
Lo que todavía me provoca pegar contra la pared es la tranquilidad con la que hacen todo mal.
Y peor todavía…
La seguridad.
Porque el incompetente nunca duda.
El incompetente jamás dice: «No sé.»
Ese desgraciado llega convencido de que nació tocado por la mano de Dios.
* * *
Hubo una época en que yo creía que la gente simplemente tenía malos días.
Que se equivocaban.
Que todos merecíamos paciencia.
¡Qué ternura la mía!
Hoy me dan ganas de abrazar a esa Yenny, comprarle una Coca-Cola bien fría y decirle: «Prepárese, mija… todavía no conoce la fauna.»
Porque después de tantos años entendí algo.
Hay gente que no hace las cosas mal por accidente.
Eso sería entendible.
Hay gente que hace las cosas mal por deporte.
Madrugan. Se bañan. Se arreglan. Llegan al trabajo. Y desde que marcan la entrada empiezan a competir para ver quién le jode primero el día al resto.
Con una autoestima que ya quisiera uno tener mirándose al espejo.
* * *
Yo sí hice el experimento.
Bajé mis expectativas.
Las bajé.
Las seguí bajando.
Las enterré.
Y aun así aparecía un artista capaz de pasar por debajo del listón.
El problema nunca fueron mis estándares.
El problema fue creer que el sentido común venía instalado de fábrica.
Prefieren especializarse en volver difícil lo que nació fácil.
No es que fallen.
Es que hacer las cosas mal es el único talento que ejercen con verdadera disciplina.
Si esa misma energía la usaran para trabajar bien, Medellín ya tendría metro hasta la Luna.
La incompetencia tiene una característica que la vuelve especialmente agotadora: casi nunca llega sola. Trae una prima llamada excusa, un hermano llamado «yo pensé» y una tía muy cercana que responde «nadie me dijo». Los cuatro entran juntos, se sientan y esperan que usted les sirva café mientras resuelve el daño.
Una vez pregunté por qué una tarea que llevaba tres días atrasada seguía exactamente igual. La respuesta fue:
—Es que no sabía si hacerlo hoy o mañana.
No era una decisión de cirugía cardiovascular. Era pegar una etiqueta en una caja. La etiqueta estaba ahí. La caja también. Solo faltaba la aparición milagrosa de una voluntad humana capaz de reunirlas.
Lo verdaderamente cansón no es enseñar. Yo enseño con gusto. Explico, muestro, repito y hasta dibujo si hace falta. Lo que agota es tener que convencer a un adulto de que terminar lo que empezó también forma parte del trabajo. Hay gente que considera que llegar es cumplir. Si además hace algo, siente que está ofreciendo un servicio prémium.
Por eso aprendí a identificar el peligro desde la primera frase. Cuando alguien dice «eso es facilito», me preparo. Cuando dice «yo me encargo», tomo fotos. Y cuando promete «no se preocupe», me preocupo de una vez para ir adelantando.