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Yenny Astrid Londoño.

Parte 6 de 8

Los millonarios que necesitan tu dinero

Pensemos en cómo se diseña un producto real. Si vos vas a vender anchetas —y Dios me es testigo de que sé de lo que hablo—, lo primero que hacés es preguntarte: ¿qué necesita el cliente? ¿Un regalo que impresione, que sea práctico, que diga algo sin palabras, que se vea elegante en la foto?

Después diseñás la ancheta alrededor de esa necesidad.

Los gurús hacen lo mismo. Pero con una diferencia brutal: la ancheta que vos entregás contiene productos reales. Vino, chocolates, café, flores. Cosas que existen. Cosas que el cliente puede tocar, oler, probar, compartir.

El producto del charlatán contiene una versión de vos mismo que no existe. Todavía no. Y quizás nunca.

Pero la sentís tan cerca —a un pago de distancia— que el cerebro la trata como real. Como ese perfume que te probás en el mall y sentís que ya sos la persona que lo usa. Como esos zapatos que te los ponés y de repente caminás diferente. El producto no es el perfume ni los zapatos: es quien te convertís —o creés que te convertís— al usarlos.

Con los gurús pasa lo mismo, pero multiplicado por mil. Porque no te están vendiendo un objeto. Te están vendiendo una transformación. Y la transformación, por definición, es algo que no se puede tocar ni verificar antes de comprar.

Pagás por adelantado y el resultado llega después. Si llega. La factura, en cambio, jamás pierde el camino.

Y si no llega, bueno... ya veremos de quién es la culpa. Aunque tampoco hace falta ser adivino: siempre va a ser tuya.

El efecto espejo

Hay un concepto en psicología que se llama el "yo ideal". Es la versión de vos mismo que querés ser. La que imaginás cuando cerrás los ojos y pensás en cómo te gustaría vivir.

Todos tenemos uno.

Y los promeseros saben exactamente cómo pintarlo.

Cuando un gurú te dice "imaginá tu vida en seis meses", no te está haciendo una pregunta hipotética. Te está poniendo frente al espejo. Y en ese espejo, vos sos libre, rico, feliz, seguro. Vos sos quien siempre quisiste ser.

Después te dice: "¿Qué necesitás para llegar ahí?"

Y vos pensás: "El método. Su método. El método que cuesta cuatrocientos noventa y siete dólares pero que vale cinco mil."

Pero hay algo que el tipo no te dice —y que vos no te querés preguntar—: la distancia entre quien sos y quien querés ser no se mide en dólares. Se mide en horas de trabajo, en equivocaciones, en años de aprendizaje, en relaciones construidas, en contextos que no podés controlar, en decisiones que tomaste hace diez años y que hoy determinan dónde estás parado.

Eso no se vende en un curso.

Pero "es difícil, va a tomar años y quizás no funcione" no es un producto que se pueda comercializar.

Así que lo simplifican.

—Solo necesitás seguir los pasos.

Como si la vida fuera un manual de instrucciones de IKEA. Paso uno: armá la base. Paso dos: colocá los estantes. Paso tres: feliz para siempre.

La diferencia es que cuando armás un mueble de IKEA y te sobran piezas, sabés que algo salió mal. Cuando seguís los pasos de un vendedor de atajos y no llegás a ningún lado, ellos te dicen que el problema no son las piezas. El problema sos vos.

Y eso, mi amor, es el producto más brillante que se ha inventado en la historia de las ventas.

Un producto que nunca falla.

Porque cuando no funciona, la culpa nunca es del producto.

Siempre es del comprador que no lo usó bien.

Si el producto es tu mejor versión, nunca vas a reclamar: la culpa de no llegar será siempre tuya.