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Yenny Astrid Londoño.

Parte 2 de 4

100 formas de hacer el ridículo sin perder la dignidad

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Introducción

ANTES DE EMPEZAR

Hace un tiempo escribí un libro sobre mis historias, mis hombres, mi familia y mis putos escritos. Pensé que ya lo había contado todo. Que ya no me quedaba nada por confesar. Qué ingenua.

Porque mientras escribía sobre traiciones y sanaciones, se me olvidó contarles la otra mitad de mi vida: la de los ridículos. Las estupideces. Los momentos en los que quise que la tierra se abriera y me tragara entera, con tarot, cartera y todo.

Nadie te prepara para el amor. Pero mucho menos te preparan para el instante exacto en que te resbalás delante de todos y encima sonreís como si nada.

Y aquí estoy. Otra vez con el cuaderno abierto y el filtro apagado. Porque descubrí algo que nadie me dijo antes: la dignidad no se pierde haciendo el ridículo. Se pierde fingiendo que uno nunca lo hace.

Este libro no es un manual para dejar de hacer el ridículo. Sería mentirles, y ya bastante mentira hay en las redes sociales con gente fingiendo que su vida es una sesión de fotos permanente. Este es un manual para hacerlo con estilo, con carcajada, y sobre todo, sin arrodillarse ante nadie después.

La dignidad no es no caerse. Es levantarse antes de que terminen de reírse.

Cien formas. Cien maneras en las que una —o vos, o cualquiera con el ego suficientemente sano como para reconocerse— puede quedar como una payasa de feria y aun así salir con la cabeza en alto. Porque el ridículo, bien vivido, no es vergüenza.

Es material.