Hay historias que una no supera. Las escribe.
No escribí este libro porque ya había sanado. Lo escribí porque llegó un momento en que seguir tragándome ciertas historias me estaba saliendo bastante más caro que contarlas.
Escribir para sanar no significa convertir cada dolor en una moraleja bonita. A veces escribir sirve para nombrar lo que una calló, ordenar recuerdos que llevaban años haciendo ruido y recuperar la propia versión de una historia. Putas historias, putos escritos nació de ahí: no de haber superado todo, sino de dejar de fingir que nada había pasado.
Yo podría decir que este libro nació de un proceso de sanación profundamente consciente, acompañado de música suave, té de hierbas y una mujer mirando por la ventana mientras finalmente comprende el sentido de su vida.
Quedaría precioso.
También sería mentira.
Putas historias, putos escritos nació porque yo llevaba demasiado tiempo cargando cosas que no sabía dónde poner.
Amores que salieron mal.
Personas que juré conocer.
Gente que murió y dejó preguntas que ya no tenían a quién hacerse.
Decisiones que defendí con una seguridad admirable para alguien que claramente no tenía ni puta idea de cómo iban a terminar.
Y silencios.
Muchos.
De esos que desde afuera parecen prudencia y por dentro se sienten como tener una conversación eterna con una misma.
No escribí este libro porque ya había sanado
Hay una idea muy bonita alrededor de la escritura personal: primero una vive, después sana, luego entiende y al final escribe desde una distancia impecable.
En teoría suena maravilloso.
En la vida real una escribe a veces mientras todavía está entendiendo qué carajos pasó.
No todo estaba resuelto cuando escribí estas páginas.
Algunas cosas sí.
Otras apenas habían dejado de doler todos los días.
Y otras seguían teniendo la costumbre de aparecer a las tres de la mañana sin cita previa.
Pero entendí que no necesitaba esperar a convertirme en una versión iluminada de mí misma para contar lo que había vivido.
Porque yo no quería escribir como quien presenta un informe después del incendio.
Quería escribir también el olor a humo.
¿Por qué callarse también cuesta?
Yo he callado por muchas razones.
Por no hacer daño.
Por no abrir problemas.
Por proteger a alguien.
Por protegerme.
Por vergüenza.
Porque una también tiene historias que prefiere guardar hasta de sí misma.
Y porque algunas verdades vienen con demasiados nombres propios alrededor.
No todo lo que una sabe tiene que decirlo.
Eso sigue pareciéndome cierto.
Pero también aprendí algo menos cómodo: hay momentos en que una deja de guardar una historia y empieza a cargarla.
Y no es lo mismo.
Guardar es decidir.
Cargar es no saber dónde dejar.
Este libro empezó a existir el día que ciertas historias dejaron de pedirme silencio y empezaron a pedirme palabras.
No todo lo que una escribe está superado. A veces escribir es precisamente la manera de dejar de tenerlo atravesado.
El sarcasmo no borra el dolor. Le quita el monopolio.
Yo no sé escribir ciertas cosas con voz de documental solemne.
No me sale.
Puedo estar hablando de una traición, de una relación que se fue para la mierda o de una decisión que todavía me da pena recordar y, en algún momento, aparece una frase que me hace reír.
Eso no le quita importancia.
Me devuelve aire.
El sarcasmo, por lo menos para mí, nunca fue una forma de negar lo que pasó.
Fue una forma de impedir que lo que pasó se quedara con absolutamente todo.
Dolor, sí.
Pero también perspectiva.
Rabia, claro.
Pero también esa capacidad maravillosa que tiene el tiempo para convertir algunas tragedias personales en historias que una cuenta diciendo:
—No, esperá, que todavía falta la parte más ridícula.
Hay verdades que una cuenta tarde
También cambia la manera de recordar.
Eso puede molestarle mucho a quien necesita que una historia tenga una sola versión para siempre.
Yo misma he mirado cosas años después y he pensado:
¿Cómo putas no vi eso?
O peor:
Lo vi.
Simplemente no quería llamarlo por su nombre.
Hay relaciones que mientras una está adentro parecen amor y años después se ven como dependencia con muy buena publicidad.
Hay amistades que una defendió durante años hasta que finalmente entiende que la lealtad estaba funcionando en una sola dirección.
Hay decisiones propias que no necesitan culpable externo.
La cagamos.
Punto.
Eso también aparece en el libro.
Porque si iba a contar mi historia para quedar siempre como la inteligente, la fuerte, la buena y la que jamás se equivocó, mejor escribía ficción.
Y ni siquiera ficción buena.
¿De qué hablan los 23 capítulos?
El libro se mueve por terrenos que no siempre combinan elegantemente porque la vida tampoco tiene la cortesía de organizarse por categorías.
Y hay capítulos cuyos títulos ya dicen suficiente: Yo no rehabilito gamines, Aceptando migajas de un don nadie, La paz mental no se negocia… y mi tiempo tampoco, ¿Y ahora qué putas hago con esta libertad? y Yo no fui perfecta. Fui yo. Y eso es suficiente.
No intenté ordenar una vida.
Intenté ser honesta con ella.
Las cartas que nunca mandé
Hay cosas que no cabían dentro de un capítulo.
Personas a las que ya no tenía nada que preguntarles.
O personas a las que quizá sí, pero la vida había cerrado esa ventanilla hacía rato.
Entonces aparecieron las cartas.
Al hombre que creyó que era insustituible.
A la amiga que abrazaba mientras apuñalaba.
A la familia que opinó pero no apareció.
A la mujer que fui.
A mis hijos.
A mi mamá.
Al que volvió cuando ya no lo necesitaba.
Y al mundo, por si todavía tenía pendiente decirme quién debía ser.
No las escribí esperando respuesta.
Las escribí porque existe una diferencia enorme entre quedarse esperando que alguien cierre una conversación y cerrarla una misma.
La mujer que me enseñó a pensar
El libro también tiene una deuda que no pienso pagar porque no se puede.
Mi mamá.
Ella me enseñó a leer.
A escribir.
A llenar crucigramas.
Pero, sobre todo, a cuestionar.
Mientras muchas mujeres aprendían que ser buena era obedecer, yo tuve una madre que me dio ideas.
No me evitó los golpes de la vida.
Nadie puede.
Pero me dejó una cabeza con la costumbre de preguntar.
Y esa costumbre probablemente me salvó más veces de las que yo misma sé.
Su ausencia no me dejó sin palabras.
Hizo que algunas pesaran más.
Tu ausencia no me silenció. La llené de tinta.
Entonces, ¿para quién escribí Putas historias, putos escritos?
Lo escribí para quien alguna vez amó a la persona equivocada.
Para quien se quedó más tiempo del que hoy quisiera admitir.
Para quien perdió a alguien y descubrió que el duelo tiene una pésima relación con los calendarios.
Para quien se rio en un momento donde técnicamente debería haber llorado.
Para quien aprendió tarde.
Para quien todavía está aprendiendo.
Y también para quien está cansado de libros donde todas las heridas terminan convirtiéndose convenientemente en una enseñanza maravillosa.
A veces una experiencia fue una mierda.
Sobreviviste.
Y punto.
Putas historias, putos escritos
23 capítulos, cartas que nunca fueron enviadas, memoria, relaciones, pérdidas, libertad y una voz que no intenta quedar bien parada todo el tiempo. También existe en inglés como F*cked-Up Stories, Brutally Honest Words.
Ver mis librosNo escribí este libro para que alguien terminara diciendo:
—Qué mujer tan fuerte.
Qué pereza.
Lo escribí porque durante años fui muchas cosas al mismo tiempo.
Fuerte.
Pendeja.
Valiente.
Cobarde.
Generosa.
Brava.
Enamorada.
Despechada.
Libre.
Y algunas veces un completo desastre.
Es decir:
una persona.
Yo no escribo para quedar bien en mi propia historia. Escribo para dejar de mentirme sobre ella.
Putas historias, putos escritos
Sarcástica, loca y puta como la vida misma
Se abre Amazon en otra pestaña.Preguntas frecuentes sobre escribir lo que duele
¿Escribir ayuda a sanar lo que duele?
Puede ayudar a ordenar, nombrar y mirar de frente ciertas experiencias, pero escribir no es una cura automática ni sustituye ayuda profesional cuando hace falta. En mi caso, escribir fue una forma de dejar de cargar algunas historias únicamente en silencio.
¿Putas historias, putos escritos es una autobiografía?
No es una autobiografía cronológica ni pretende contar toda una vida en orden. Reúne historias, recuerdos, contradicciones, cartas y reflexiones nacidas de experiencias reales, contadas con mi voz, mi humor y mi manera de mirar lo vivido.
¿Por qué usar groserías en un libro personal?
Porque algunas palabras forman parte de mi manera real de hablar y escribir. No están puestas para escandalizar ni para parecer rebelde. Cuando una palabra es la que corresponde, la uso. Maquillar la voz también sería mentir.
¿De qué hablan los 23 capítulos del libro?
Hablan de relaciones, deseo, traición, familia, pérdidas, libertad, trabajo, espiritualidad, límites y reconstrucción. No son 23 lecciones; son 23 lugares desde los que miré cosas que durante mucho tiempo no supe cómo contar.
¿Qué son las cartas que aparecen en el libro?
Son textos dirigidos a personas, vínculos y versiones de mí misma que dejaron algo pendiente. No fueron escritas para obtener respuesta. Algunas existen precisamente porque ciertas conversaciones nunca ocurrieron.
¿El libro está disponible en inglés?
Sí. Existe una edición en inglés titulada F*cked-Up Stories, Brutally Honest Words, además de la edición en español de Putas historias, putos escritos.
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