Hacer el ridículo no te quita la dignidad. Creerte demasiado importante sí.
Este libro no nació para enseñarte a no meter la pata. Nació porque después de cierta edad uno entiende algo incómodo: casi todas las mejores historias comenzaron con una decisión que, vista desde hoy, parecía una estupidez.
Hacer el ridículo sin perder la dignidad no consiste en evitar equivocarse. Consiste en poder mirar después la cagada, reconocerla, reírse y seguir sin convertir un mal momento en una condena eterna. Este libro reúne cien formas de meter la pata porque, si vamos a hacerlo de todos modos, por lo menos que quede una buena historia.
Uno no escribe un libro llamado 100 formas de hacer el ridículo sin perder la dignidad porque haya llevado una vida impecable.
Eso sería publicidad engañosa.
Uno lo escribe porque ya acumuló material.
Porque dijo cosas que cinco minutos después quiso tragarse con todo y dientes.
Porque defendió personas que no necesitaban defensa sino distancia.
Porque mandó mensajes que deberían haber pasado primero por un comité de crisis.
Porque creyó que estaba siendo misteriosa en redes sociales cuando, en realidad, media familia sabía exactamente para quién era la indirecta.
Y porque llega una edad en la que una tiene dos opciones: seguir fingiendo que jamás hizo el oso o aceptar que algunas de las mejores historias de su vida comenzaron con una decisión bastante cuestionable.
Yo escogí escribirlas.
Cien.
Ya que hice el ridículo, por lo menos que produzca regalías.
¿Por qué escribir un libro sobre hacer el ridículo?
Durante años pensé que la dignidad consistía en hacer las cosas bien.
En no equivocarse.
En no volver donde una había jurado que jamás volvería.
En no confiar en quien ya había dado suficientes pistas de que aquello podía salir como un culo.
En no caerse frente a gente.
En no decir una estupidez en el momento exacto en que todo el mundo decidió guardar silencio.
En no mandar el mensaje.
Sobre todo en no mandar el mensaje.
Después la vida hizo lo que suele hacer cuando una se pone demasiado segura: me educó a punta de evidencia.
Descubrí que la dignidad no estaba en evitar el ridículo. Si fuera así, la mayoría de nosotros la habría perdido antes de terminar el bachillerato.
La dignidad estaba en otra parte.
En poder decir: sí, fui yo.
Sí, hice esa mierda.
Sí, en ese momento me pareció una idea excelente.
Y no, no necesito cambiar la historia para quedar mejor en ella.
¿Hacer el ridículo significa fracasar?
Mirar hacia atrás es facilísimo.
Desde el presente todos somos unos genios.
Ahí sí vemos las señales.
Ahí sí sabemos qué debimos contestar.
Ahí sí entendemos que ese “tenemos que hablar” no era el comienzo de una conversación madura sino la sirena de evacuación.
Pero en el momento no teníamos esa información.
Estábamos viviendo.
Y vivir tiene esa pésima costumbre de no entregar el libreto antes de empezar.
Por eso este libro no nació para enseñar a evitar el ridículo. Sería una promesa absurda.
Nació para mirar esas escenas que todavía nos hacen apretar los dientes cuando las recordamos y preguntar: ¿de verdad esto merece seguir dándome vergüenza?
Muchas veces la respuesta es no.
Fue una cagada.
Sobreviviste.
Y ahora es una historia buenísima.
¿Dónde hacemos más el ridículo sin darnos cuenta?
El libro recorre diez territorios donde la dignidad suele entrar caminando y salir buscando un taxi.
Está el amor, por supuesto.
Ese laboratorio donde una persona adulta, responsable y capaz de pagar impuestos puede convertirse en detective privado porque alguien dejó de contestar hace cuarenta y siete minutos.
Están las redes sociales, ese maravilloso invento que nos permitió pasar de hacer el ridículo frente a cuatro conocidos a hacerlo potencialmente frente a medio planeta.
Está la familia, donde nadie olvida nada y un error de 1998 todavía puede aparecer durante un almuerzo de domingo.
Están los negocios, las amistades, la cama, el tarot y la espiritualidad, los intentos heroicos de “mejorar como persona”, el cuerpo, la edad y la belleza.
Y, finalmente, ese momento glorioso en que uno entiende que no va a dejar de hacer el ridículo.
Solo va a aprender a recuperarse más rápido.
“El ridículo dura cinco minutos. Las anécdotas duran toda la vida.”
¿Por qué el amor produce tantos ridículos?
Si había que escoger un lugar para empezar, tenía que ser el amor.
No conozco otra actividad humana capaz de convertir a alguien inteligente en una persona que actualiza WhatsApp cada treinta segundos “sin estar esperando nada”.
En el libro hay cosas como escribir “ya lo superé” suficientes veces como para demostrar exactamente lo contrario.
Arreglarse para una videollamada que supuestamente era “solo para hablar”.
Investigar a la nueva pareja del ex con una rigurosidad que habría impresionado a cualquier agencia de inteligencia.
Publicar la indirecta perfecta y después decir que no era para nadie.
Cambiar la foto de perfil después de una pelea porque, evidentemente, la diplomacia internacional depende de que el otro vea lo espectacular que estamos.
Yo no estoy juzgando.
Estaría inhabilitada.
¿Cómo dejar de sentir vergüenza por algo ridículo que hiciste?
Hay recuerdos que uno revive con una precisión ofensiva.
No recordás dónde dejaste las llaves, pero sí la frase exacta que dijiste aquella noche hace once años.
Gracias, cerebro.
Servicio impecable.
El problema no es recordar.
El problema es seguir castigando a la persona que eras utilizando la información que solo obtuviste después.
Claro que hoy lo habrías hecho diferente.
Ese es precisamente el punto.
Hoy sos otra persona.
Si seguís teniendo exactamente las mismas ideas, los mismos límites y las mismas reacciones de hace veinte años, ahí sí habría que preocuparnos.
La vergüenza sirve un rato.
Te avisa que cruzaste una línea, que te equivocaste o que hiciste algo que no querés repetir.
Después debería entregar el informe e irse.
No instalarse en la sala.
¿Este libro es de autoayuda?
No tengo nada contra quien prende una vela.
Yo misma he prendido suficientes cosas en esta vida.
Pero este no es un libro para decirte que todo sucede por una razón maravillosa y que cada caída vino a convertirte en una versión superior de vos.
A veces una caída ocurrió porque ibas mirando el celular.
Fin del misterio.
No todo trauma trae un máster.
No toda cagada tiene una enseñanza.
Algunas solamente dejan una anécdota.
Y eso también está bien.
Hay demasiado contenido empeñado en convertir cada estupidez humana en una experiencia transformadora.
Yo preferí hacer algo más útil:
reírme.
- Dijiste “yo jamás” y después tocó renegociar.
- Tenés mensajes que preferirías declarar patrimonio perdido.
- Alguna vez revisaste si alguien vio tu historia antes de fingir que no te importaba.
- Podés reírte de vos sin convertirte en tu peor enemiga.
¿Para quién escribí 100 formas de hacer el ridículo?
Este libro es para vos si alguna vez te caíste y miraste alrededor antes de revisar si te habías quebrado algo.
Prioridades.
Si borraste un mensaje esperando que la otra persona milagrosamente no hubiera alcanzado a leerlo.
Si dijiste “me da igual” con una investigación de campo abierta en tres redes sociales.
Si juraste “yo jamás” y después tuviste que emitir un comunicado aclarando que las circunstancias habían cambiado.
Si hiciste una compra porque “me la merezco” y después evitaste mirar la aplicación del banco.
Si alguna vez diste un consejo brillante que vos misma no estabas aplicando ni por accidente.
En cambio, si jamás hiciste algo vergonzoso, nunca mandaste un mensaje equivocado, jamás escogiste mal una pareja, siempre tomaste decisiones racionales y nunca fingiste saber algo que no sabías…
este libro probablemente no es para vos.
Pero quiero conocerte.
Sos material de investigación.
¿Qué trae el libro además de cien ridículos?
Son 205 páginas organizadas en diez capítulos y siete interludios.
Los interludios aparecieron porque, aparentemente, cien ridículos todavía me parecían insuficientes.
Hay un Diccionario Ridículo–Español.
Una prueba de autodiagnóstico para saber qué tan ridículo sos en realidad.
Un Horóscopo del Ridículo.
Una lista oficial de vergüenzas.
Mensajes que nunca debí mandar.
Excusas y su traducción real.
Y una colección de cosas que juré que jamás haría y que, con admirable disciplina, terminé haciendo.
Al final también hay un Manual de Dignidad de Bolsillo, cartas breves y un epílogo.
No puedo garantizarte iluminación.
Sí puedo garantizarte compañía.
Especialmente esa clase de compañía que dice:
“Ah, bueno. Entonces no fui la única”.
¿Qué tiene que ver la dignidad con hacer el ridículo?
Durante mucho tiempo confundimos dignidad con impecabilidad.
Con no dar motivos para que nadie hablara.
Con parecer fuerte.
Con esconder lo que salió mal.
Yo ya no.
Para mí la dignidad es poder mirar una versión antigua de mí misma sin necesidad de humillarla para demostrar cuánto cambié.
Es saber que hice cosas que hoy no repetiría y no por eso tratar mi propia historia como evidencia criminal.
Es reírme de mí antes de usar la risa para destruirme.
Y es poder contar una cagada sin terminar la historia pidiendo disculpas por haber sido humana.
Uno no pierde la dignidad cuando hace el ridículo.
La pierde cuando empieza a mentir para fingir que nunca lo hizo.
Uno pasa media vida escondiendo sus estupideces. Yo decidí escribirlas. Cien. Ya que hice el ridículo, por lo menos que produzca regalías.
100 formas de hacer el ridículo sin perder la dignidad
El ridículo dura cinco minutos. Las anécdotas duran toda la vida.
Se abre Amazon en otra pestaña.Preguntas sobre 100 formas de hacer el ridículo
¿De qué trata 100 formas de hacer el ridículo sin perder la dignidad?
Es un libro de humor y vida real sobre las pequeñas y grandes formas en que hacemos el ridículo en el amor, las redes, la familia, los negocios, las amistades, la intimidad, la espiritualidad, el cuerpo y otros espacios cotidianos. La idea no es evitar la vergüenza, sino aprender a sobrevivirla sin perder la dignidad.
¿Es un libro de autoayuda?
No. No promete convertirte en una persona nueva ni ofrece fórmulas para dejar de equivocarte. Usa sarcasmo, experiencias reconocibles y humor para mirar de frente situaciones que normalmente escondemos por vergüenza.
¿Cuántas páginas tiene el libro?
La edición presentada en la página oficial tiene 205 páginas, diez capítulos, siete interludios y varios extras al final.
¿Tengo que leer Putas Historias, Putos Escritos antes?
No es obligatorio. 100 formas de hacer el ridículo puede leerse por sí solo, aunque comparte la voz y parte del universo autobiográfico de Yenny Astrid Londoño.
¿Dónde puedo comprar 100 formas de hacer el ridículo?
La página oficial del libro enlaza las ediciones disponibles en Amazon, incluyendo eBook Kindle, tapa blanda y tapa dura.
¿Cómo dejar de sentir vergüenza después de hacer el ridículo?
No existe una fórmula instantánea. Una forma útil de empezar es separar lo que realmente hiciste de la película que seguís repitiendo sobre eso, reconocer si hay algo que reparar y dejar de castigar con información de hoy a la versión tuya que actuó con lo que sabía entonces.
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